Sin sentido…

Sin sentido…

Hagamos temblar… otra vez

 

Por: José Contreras Contreras

 

Muchas cosas han pasado en este país desde aquel 19 de septiembre de 1985, cuando la tierra nos recordó a los mexicanos lo vulnerables que somos, lo ínfimos que resultamos ante un fenómeno nada inusual en un país que es atravesado por dos fallas tectónicas, pero parece que eso no fue suficiente, pues, aunque la cultura de la protección civil avanzó de forma considerable en estas tres décadas, lo cierto es que hoy estamos tanto o más francos para sufrir una catástrofe como la ocurrida entonces.

Recuerdo que temprano subía por el cerro de Coatepec camino a la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública –hoy Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de México—y fue entonces que todo se movió, materialmente se movió, no solo fue el piso sino la sociedad misma la que se transformó gracias a ese sismo.

Todavía llegué a aquel naciente edificio universitario, saludé a algunos y por supuesto el tema de conversación era precisamente el ¿cómo te fue de temblor? Recuerdo que unos bromeábamos y otros simplemente no se habían percatado de lo que había ocurrido, quizá porque iban en ese momento en el transporte o porque simplemente tenían otras apuraciones en la cabeza.

Pero fue entonces que llegaron algunos compañeros que para entonces ya tenían automóvil, y ellos fueron los primeros en comentar que por la radio se estaban transmitiendo cosas muy drásticas acerca de lo que había ocurrido sobre todo en el otrora Distrito Federal, cl cual cambió tanto en estos años transcurridos que hasta el nombre perdió y se transformó en la colorida Ciudad de México.

Entonces tomamos conciencia de lo ocurrido, pues prácticamente la capital del país se había caído, por lo menos se escuchaba el dramatismo de edificios caídos, de gente sepultada por las estructuras colapsadas y de una inusual movilización de fuerzas de seguridad, policías, bomberos y rescatistas de todos los cuerpos disponibles.

Fue entonces que nos dimos cuenta de lo sucedido, fue cuando conocimos de forma indirecta el tamaño de una tragedia que no ha tenido, afortunadamente, igual en estos años reciente, pues las cosas eran mucho más graves que el susto que en Toluca se vivió producto del movimiento del piso.

El gran sismo del 19 de septiembre de 1985 nos dejaría marcado a todos los mexicanos que para entonces ya teníamos uso de razón, pues las cosas no podían permanecer iguales al antes de ocurrida la tragedia.

Las horas siguientes fueron dramáticas, la mayoría pegados a la radio escuchando a don Jacobo Zabludovsky con esa inolvidable narración de lo ocurrido, en la que un hombre que conocía a fondo esa ciudad veía como se había colapsado, él nos contó a muchos lo que ahí estaba sucediendo y fue capaz también de inspirar una respuesta sorda de la sociedad ante una autoridad que buen a bien no fue capaz de reaccionar ante el tamaño de tragedia que se vivía.

Vimos entonces despertar un México social que nunca antes habíamos comprendido y mucho menos vivido, el cual fue capaz de anteponerse a la autoridad en sus tres niveles y sacar adelante una situación dramática que nunca antes se había registrado.

De todo aquello se podrán contar muchas historias y muchos momentos dramáticos, según el lugar en que cada uno haya vivido o que por circunstancias de trabajo le haya tocado estar, pero quizá lo más importante de los días que siguieron al 19 de septiembre fue precisamente el despertar de una sociedad que durante años, si no es que siglos, había vivido estática, apagada, sumida en la sana medianía de un gobierno protector con hijos cómodos que preferían no alzar la voz a cambio de las comodidades.

Esa es la herencia más importante del 19 de septiembre, pues a partir de entonces este país no fue el mismo, pues la sociedad mexicana comprobó que cuando se decida y organiza es capaz de hacer frente al más férreo gobernante, sea cual sea su procedencia.

No se trata de partidos políticos, pues los dos que nos han tocado gobernar a nivel federal han demostrado las mismas limitaciones y los mismos errores. Se trata realmente de un fenómeno social que supera y mucho a cualquier expresión política, pues a partir de entonces la comunidad mexicana aprendió a expresarse en las calles, en la comunidad, en el pueblo, en el barrio y en la colonia, por más apartada de la entonces colapsada Ciudad de México.

Y ese es precisamente el argumento que hoy hace falta a los mexicanos, pues son muchos los que se quejan y pocos los que verdaderamente son capaces de hacer algo para transformar a un país que nos tiene a todos cada vez más inconformes y decepcionados.

No es con marchitas pidiendo la renuncia al Presidente de la República con lo que vamos a remediar la situación tan negativa que hoy vive esta nación, pues primero había que explicarles a esos que el cargo de Presidente de la República es irrenunciable, y, de paso, también tendríamos que hacerles comprender que no está en los planes de corto ni de mediano plazo del señor Peña Nieto el dejar su cargo público, con todo lo que eso conlleva.

Pero además tendríamos que pedirles a esos que marchan para tratar de que renuncie el Presidente que eso casi nunca se convierte en remedio para la situación, y si quieren una lección de ese tipo de política pues que se pongan a leer o a enterarse en internet del caso Brasil donde destituir a una presidenta no fue solución para ninguno de los males que enfrenta esa nación, por el contrario, el “remedio” resultó peor que la enfermedad.

Por eso hoy, 19 de septiembre, cuando se cumplen 31 años de esa dramática situación, habría que hacer un alto en el camino y generar, juntos, un nuevo sismo, por lo menos ideológico, social, de principios, que ayude nuevamente a echar abajo todo lo que no sirva, todo lo que se ha convertido en un lastre y no nos permite avanzar, para recomponer este país, para lo cual no se necesitan ni marchas ni muertos en edificios colapsados, sino voluntad, amor a la patria y ganar de salir adelante.

Porque al igual que en septiembre de 1985 la sociedad pudo más que cualquier nivel de gobierno, hoy también podemos ser capaces de ponernos por delante de los que nos gobiernan y empujar hacia una transformación de fondo, la cual solo tiene una condición primaria: hay que ponernos a trabajar, cada quien haciendo lo que le corresponde, sin alarmismos y con muchas ganas reales de hacer que el centro de la tierra se cimbre y de éste logremos sacar un nuevo país, próspero, rico, amable con sus propios hijos, donde podamos vivir en paz y lo más alejado del cochinero en el que nos han sumido unos cuantos, los que dicen gobernar, y los que en realidad lo hacen a punta de pistola y con toda la violencia de la que son capaces.

Es hora de hacer temblar a esta nación, es hora de promover una resurrección nacional real, de fondo, no la que prometen los falsos profetas que evidentemente están enamorados de la idea de ocupar alguna vez la silla presidencia. Es momento de cambiar, es momento de transformar, pero para bien, porque detrás de nosotros vienen otros que merecen un mejor estado, un mejor país, una sociedad tan fuerte y cohesionada que no haya sismo capaz de echarla abajo. Hagamos que tiemble hoy, nuestros hijos lo merecen. ¿O no?

Sábado 25 de Junio del 2022 11:37 am