Abrimos una red social y, en pocos minutos, alguien nos explica qué estamos haciendo mal. Cometemos errores al vestirnos, al decorar, al comer, al envejecer, al elegir pareja, al criar a los hijos, al organizar nuestro dinero o al cuidar nuestro cuerpo. Después aparecen las soluciones: las prendas adecuadas, los hábitos correctos, la relación sana, el cuerpo deseable, la rutina perfecta o las características que supuestamente distinguen a una persona exitosa. En Conectados y Enredados: ¿Quién decidió cómo debemos vivir? Influencers, redes sociales y la fabricación de la vida correcta
Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz
El problema comienza cuando una preferencia particular adquiere forma de regla general. “A mí me gusta” se transforma en “así debe hacerse”; “yo prefiero” se convierte en “esto es lo correcto”. Y una elección estética, sentimental o personal termina convertida en criterio para valorar a otras personas.
Esta operación resulta especialmente eficaz en las redes sociales digitales porque quienes producen estos contenidos han desarrollado una forma particular de autoridad. A diferencia del especialista tradicional, cuya legitimidad suele proceder de una formación o experiencia acreditable, el influencer construye buena parte de su autoridad mediante visibilidad, cercanía, familiaridad y confianza.
De recomendar productos a recomendar formas de vida
La investigadora sueca Johanna Arnesson propone una idea especialmente útil para comprender este desplazamiento: los influencers pueden funcionar como intermediarios ideológicos. Su capacidad política y cultural radica también en presentar estilos de vida que parecen inspiradores y a los que merece la pena aspirar. La ideología, en este caso, puede circular sin discursos partidistas, integrada en relatos cotidianos sobre consumo, bienestar, éxito o realización personal (Arnesson, 2023).
Esto cambia considerablemente la manera de pensar la influencia digital. Un video sobre ropa puede transmitir también una idea de clase; uno sobre relaciones sentimentales, una concepción de género; uno sobre alimentación, una valoración moral del cuerpo; uno sobre maternidad, una determinada distribución de responsabilidades entre mujeres y hombres.
Pierre Bourdieu había mostrado mucho antes de la existencia de las redes sociales que el gusto constituye también una forma de distinción social. Calificar algo como elegante, refinado, vulgar, ordinario, apropiado o de mal gusto significa clasificar objetos, pero también a quienes los poseen, los eligen o los disfrutan. El gusto parece personal y espontáneo mientras expresa posiciones sociales, recursos y aprendizajes culturales.
Las redes digitales han ampliado enormemente el espacio en el que esas clasificaciones circulan. Ahora pueden establecerse jerarquías prácticamente sobre cualquier aspecto de la vida cotidiana. Y el formato de las plataformas favorece particularmente los mensajes categóricos: “cinco cosas que debes eliminar”, “tres errores que te hacen parecer…”, “señales de que eres…”, “lo que una mujer debería…”. La afirmación rotunda atrae más atención que la frase prudente que reconoce diversidad, contexto y excepciones.
Poco a poco, la vida cotidiana empieza a parecer una sucesión de exámenes que quizá nadie nos pidió presentar.
Personas de “alto valor”: cuando la vida se convierte en una clasificación
Un ejemplo especialmente significativo se encuentra en los discursos digitales sobre las personas de “alto valor”. El lenguaje merece atención. Hablar de una mujer o un hombre de “alto valor” introduce inmediatamente una escala. Si unas personas poseen alto valor, otras ocupan posiciones inferiores. Características profundamente diferentes (apariencia, comportamiento sexual, ingresos, forma de vestir, edad, carácter, posibilidades reproductivas, independencia económica o capacidad para conseguir pareja) pueden quedar reunidas en una imaginaria tabla de puntuación.
Aquí la lógica del mercado penetra en la manera de comprender a las personas. Ya no simplemente somos diferentes: podemos ser evaluados, mejorados y jerarquizados.
Además, muchas de esas narrativas se presentan como discursos de empoderamiento. La promesa consiste en “convertirte en tu mejor versión”, aumentar tu valor o aprender a seleccionar aquello que “mereces”. Pero la supuesta libertad individual puede esconder una nueva disciplina: para considerarte suficiente debes vigilar permanentemente tu aspecto, tus decisiones, tus emociones y hasta la impresión que produces.
Aprender a vivir sin pedir permiso a las redes
Quizá aquí se encuentre el problema de fondo. Hemos aprendido a utilizar las redes sociales digitales con enorme rapidez, pero nuestra educación para interpretarlas sigue siendo insuficiente.
Una alfabetización digital contemporánea necesita enseñar algo más que seguridad, privacidad o identificación de noticias falsas. También tendría que ayudarnos a reconocer cómo se construye la autoridad, cuándo una opinión se convierte en prescripción, qué intereses económicos existen detrás de ciertos discursos, cómo intervienen los algoritmos en aquello que vemos y por qué la repetición puede hacernos percibir como normal lo que simplemente es frecuente en nuestra pantalla.
Se necesita recuperar un aprendizaje aparentemente elemental: las personas somos diferentes. Tenemos cuerpos, edades, historias, recursos, necesidades, deseos, familias, casas, relaciones y proyectos distintos. La diferencia forma parte de la experiencia humana; difícilmente puede organizarse mediante una plantilla universal de vida correcta.
Las redes pueden ser espacios extraordinarios para descubrir ideas, aprender, entretenernos y entrar en contacto con otras experiencias. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas como una fuente entre muchas y empezamos a emplearlas como parámetro para medir nuestra propia vida.
Tal vez la pregunta más útil ante el siguiente video que enumere todo aquello que deberíamos corregir sea muy sencilla: ¿quién decidió que esa era la regla?
A veces encontraremos conocimiento, experiencia y argumentos suficientes para escuchar.
Y otras veces encontraremos solamente a alguien frente a una cámara, convirtiendo su gusto en norma y nuestra diferencia en defecto.
María del Socorro Castañeda Díaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales; Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México
