Mundial en red: violencia, mala afición y linchamientos digitales

Conectados y enredados Mundial en red: violencia, mala afición y linchamientos digitales México ya quedó fuera del Mundial
Mundial en red: violencia, mala afición y linchamientos digitales
Conectados y enredados Mundial en red: violencia, mala afición y linchamientos digitales México ya quedó fuera del Mundial

Conectados y enredados Mundial en red: violencia, mala afición y linchamientos digitales México ya quedó fuera del Mundial. La derrota ante Inglaterra cerró el ciclo deportivo y, con él, también debería cerrarse la coartada emocional de la “pasión”. Cuando la selección todavía jugaba, todo parecía estar cubierto por la intensidad del momento: la ilusión, el orgullo, la calle llena, la idea de que el país estaba unido alrededor de una camiseta. Pero una vez terminado el recorrido mexicano, lo que queda no es solo memoria futbolera, sino saldos de violencia, testimonios digitales y una conversación pública que convirtió cada video en pleito moral. Inglaterra eliminó a México 3-2 en octavos de final, en un partido que terminó con el sueño mundialista del anfitrión.

AGENCIA MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz*[1]

El futbol no produjo por sí solo esa violencia. Esa sería una explicación demasiado simple. Millones de personas celebraron, gritaron, lloraron y volvieron a casa sin amenazar, robar ni golpear a nadie. El problema está en otra parte: en la mala afición que usa el Mundial como permiso, en la multitud que vuelve tolerables conductas que en otro contexto serían inadmisibles, y en las redes sociales digitales que no solo registran lo ocurrido, sino que lo amplifican, lo juzgan y lo convierten en disputa interminable.

Los saldos de la mala afición

El caso más grave en la Ciudad de México ocurrió después del triunfo ante Ecuador. La celebración masiva alrededor del Ángel de la Independencia dejó cuatro personas muertas: tres por asfixia y una cuarta por paro cardiorrespiratorio después de convulsiones y sangrado digestivo. Los reportes describieron una concentración enorme sobre Paseo de la Reforma, con pánico, pirotecnia, gente atrapada, peleas, basura y alcohol.

Ahí no se trató necesariamente de una agresión directa, sino de algo distinto: violencia por saturación del espacio. Una multitud puede volverse peligrosa cuando la densidad, el alcohol, los empujones, la mala circulación y la falta de control convierten el cuerpo ajeno en obstáculo. No hace falta que todos sean violentos para que el resultado sea letal, basta con que el entorno haga imposible moverse, respirar o recibir auxilio.

En Los Cabos apareció otra forma de desborde. Durante los festejos por el triunfo de México sobre Chequia, Un hombre arrolló con su vehículo a varias personas en el bulevar Lázaro Cárdenas; el saldo fue de 17 lesionados; después, una turba lo sacó del auto y lo golpeó brutalmente. Murió días más tarde, tras permanecer hospitalizado. La investigación quedó abierta tanto por el atropellamiento como por la agresión posterior.

Ese caso exige precisión. No conviene afirmar, sin investigación concluida, que el conductor actuó con intención homicida; tampoco absolverlo diciendo que solo intentaba escapar, lo que sí puede leerse es una cadena de riesgo: vehículos y peatones mezclados, autos rodeados, calles sin separación clara, alcohol, riñas previas, enojo colectivo y una multitud que dejó de comportarse como público para actuar como turba.

No era pobreza: también hubo violencia de privilegio

La mala afición no apareció solo en la calle, también estuvo en el estadio. Durante el México-Inglaterra, el exfutbolista inglés David Bentley fue amenazado por aficionados mexicanos en el Azteca. En el video que circuló en redes se observan gestos de degollamiento y se escucha la frase: “De aquí te vas muerto, cabrón”.

Eso no es folclor futbolero, es intimidación que además desmonta una explicación clasista que aparece con demasiada facilidad: la idea de que la violencia de la afición viene de la pobreza, la marginación o la falta de educación. En un partido mundialista, con boletos costosos y acceso restringido, quienes ocupan la grada no representan necesariamente a los sectores excluidos. La violencia también puede venir de quien tiene dinero para entrar, viajar, consumir y sentirse dueño del espacio.

Aquí ayuda el sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien explicó que el capital económico, cultural, social y simbólico organiza posiciones y jerarquías, pero no garantiza virtud moral. Tener recursos no vuelve automáticamente civilizado a nadie. Puede haber violencia con camiseta oficial, asiento caro, educación formal y capacidad de consumo.

La amenaza al aficionado inglés muestra justamente eso: una mala afición de privilegio que confunde localía con derecho a intimidar, nacionalismo con impunidad y apoyo deportivo con humillación del visitante. Apoyar a México no es amenazar de muerte a quien sostiene a Inglaterra y la camiseta no convierte una agresión en “ambiente mundialista”.

Robos, tumultos y violencia cotidiana

A esa violencia verbal se sumó la violencia patrimonial. Desde el inicio del Mundial, se reportaron robos de celulares en el Fan Fest y en el Ángel de la Independencia. La Jornada informó que ese delito predominó en esos espacios y que la Fiscalía capitalina recibió mensajes de personas que habían identificado sus dispositivos recuperados; también reportó 92 carpetas de investigación en el marco de la Copa del Mundo, 18 de ellas por denuncias de extranjeros por robo de celulares.

El robo de celulares parece menor frente a una muerte o una golpiza, pero no es anecdótico. Muestra que la multitud también produce oportunidad delictiva: el tumulto cubre al ladrón, el contacto físico normalizado facilita el robo y la euforia distrae. Después, la denuncia se mueve a redes: “me robaron”, “cuidado”, “así operan”, “compartan”. Lo digital funciona entonces como advertencia, archivo ciudadano y presión pública.

La multitud no pierde la razón: cambia sus reglas

El sociólogo del deporte Ramón Spaaij propone entender la violencia de aficionados como resultado de factores individuales, interpersonales, situacionales, ambientales y estructurales. Es decir: no basta con culpar al alcohol, a “los violentos” o a “la pasión”. Hay que mirar cómo se combinan identidad nacional, densidad, rivalidad, oportunidad, fallas de organización, masculinidad de grupo y percepción de impunidad.

El psicólogo social británico Clifford Stott, especialista en multitudes futboleras, ha mostrado que las multitudes no pierden automáticamente la razón: producen normas propias según la identidad compartida y según la legitimidad que atribuyen a la autoridad. Lo que en la vida cotidiana sería inadmisible puede empezar a sentirse permitido cuando el grupo lo celebra, lo graba o lo justifica.

Eso explica por qué la mala afición no es una esencia mexicana, sino una forma de comportamiento colectivo. Aparece cuando pertenecer al “nosotros” futbolero se vuelve permiso para empujar, intimidar, robar, rodear autos, amenazar o golpear. El Mundial intensifica emociones; no inventa las violencias, pero les da escenario.

Redes: archivo, tribunal y linchamiento

Lo nuevo no es que haya violencia alrededor del futbol, sino cómo se divulga. Las redes sociales digitales no fueron solo el lugar donde se comentaron los hechos, más bien se volvieron parte de los hechos porque ahí se denunció el robo de celulares, se viralizó la amenaza al inglés, se compartieron imágenes del Ángel, se reconstruyó el atropellamiento en Los Cabos y se organizó el juicio público.

La comunicóloga greco-estadounidense Zizi Papacharissi llama “públicos afectivos” a esas comunidades digitales que se agrupan menos por argumentos que por emociones compartidas: enojo, orgullo, burla, duelo, indignación. Eso pasó con los videos del Mundial: no circularon como datos neutros, sino como detonadores de posiciones morales.

Por eso las discusiones se volvieron bizantinas. En Los Cabos, unos vieron solo a un conductor criminal; otros, solo a una turba. En el Ángel, unos hablaron de pasión popular; otros, de barbarie. En el estadio, algunos minimizaron la amenaza como “calor del partido”; otros la leyeron como síntoma de una afición enferma. Cada quien tomó un fragmento y lo convirtió en prueba total.

Los investigadores de Yale William Brady y Molly Crockett han mostrado que las plataformas pueden reforzar la indignación moral: al analizar 12.7 millones de tuits, encontraron que los likes y retuits enseñan a los usuarios a repetir expresiones de enojo porque reciben recompensa social. Esa lógica ayuda a entender por qué, después de cada video, importó menos reconstruir lo ocurrido que ganar la discusión.

Lo que queda cuando se apaga la fiesta

México ya no está en el Mundial. Por eso este es el momento de mirar sin la anestesia de la euforia. La mala afición no representa a toda la afición mexicana, pero sí existió y dejó rastros: muertos en una celebración saturada, un conductor atropellando y luego golpeado por una turba, amenazas de muerte en el estadio, robos de celulares y una conversación digital convertida en tribunal.

Nombrar eso no es atacar la fiesta popular. Al contrario: es defenderla de quienes la convierten en amenaza. El Mundial puede producir comunidad, orgullo y memoria compartida. Pero cuando la celebración necesita intimidar, robar, golpear, aplastar o linchar digitalmente para sentirse intensa, ya no estamos ante pasión deportiva, sino ante un síntoma de algo más profundo: una cultura pública que todavía confunde emoción con permiso, multitud con impunidad y redes sociales con justicia instantánea.

*Doctora en Ciencias Políticas y Sociales. Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México

Jueves 09 de Julio del 2026 5:42 pm