La vida de un repartidor en pandemia va más allá de la inseguridad

Agencia MVT / Aranxa Solleiro

Metepec, México 20 de mayo 2021.- Las llantas se atiborran de mil millones de partículas invisibles para el ojo humano. Las aplastan, las destruyen y en algunas ocasiones las captura como estampas en el plástico circular. Quienes las manejan, portan un equipo que supone protección, una especie de salvavidas les cubre la cabeza, dado que es uno de los órganos más importantes del cuerpo -sino es que el más-, al ser el contenedor del cerebro, aquel que es el comandante y líder de cada movimiento que el cuerpo humano emite.

Cuando la cabeza roza en el suelo gigantesco, el control de los movimientos desaparece, el humano se convierte en una especie de trapo humano susceptible de ser manejable, destruido por todo, incluso por el aire.

De acuerdo al portal de empleo Glassdoor, un repartidor manejando motocicleta gana al mes 6 mil pesos, sin embargo, un número reducido cuenta con prestaciones de ley, son los pertenecientes a una cadena de farmacéuticos los afortunados, donde las exigencias son exasperadas y la demanda es imposible que cese.

Ellos, son vistos como una especie de príncipes regocijantes de las benevolencias del rey, pues no solo cuentan con un ingreso económico seguro, sino además, son los únicos repartidores que son beneficiados de tener un seguro de vida y una jornada de ocho horas, cual oficinista, evidentemente, un oficinista extremo.

No obstante, del otro lado del motociclismo farmacéutico, está el dedicado a la entrega de alimentos y bebidas, aquellos que aspiran al principado solo por tener la dicha de algunos elementos: seguridad de vida y un monto de pago puntual, sin importar el número de traslados, los días de lluvia intensa y de calor exacerbado.

“Son 7 mil pesos los que se ganan tras una rutina de 12 horas cada seis días por semana, alrededor de 20 a 25 viajes se deben de hacer para que salga y si le fallas un rato, pues ni con esperanza ganas eso.” Mencionó Daniel Osorio, quien es repartidor de una de las aplicaciones más solicitadas de comida en la ciudad toluqueña y sus alrededores.

El gasto, evidentemente, se multiplica, lo mismo que el sudor y la adrenalina, cargar con dos pizzas tamaño familiar, un litro de gaseosa afamada y dos pedacitos de pan que simulan un postre, se metabolizan en un malabarismo circense, cuya habilidad no la obtiene cualquiera.

“El trabajo es fuerte, uno debe de estar consciente de que no será sencillo y mucho menos en estos tiempos donde es más demandante que otros tiempos. Llevo trabajando como repartidor casi dos años, me tocó el antes y el después de la pandemia. La verdad no se compara el trabajo que se tuvo cuando estaba todo cerrado a cuando estábamos en la normalidad, hice un poco más de dinero pero pues sí te arriesgas más, bueno, creo que solo es mucho más pesado.” Dijo contando los segundos evaporados del cronómetro que la aplicación le impone.

Los dos enemigos catastróficos: el Covid-19 y la inseguridad

Daniel y sus compañeros no pertenecientes a una empresa farmacéutica, no solo deben de ajustarse debidamente al volante, sino además, existen dos enemigos catastróficos: el Covid-19 y la inseguridad in crescendo de la urbe.

“¡Nombre! La inseguridad cada día se vuelve más inaguantable, yo no he sufrido nada presencialmente, pero sí me han robado mercancía que me ha costado mucho pagarla o he escuchado de amigos que también se dedican a lo mismo, que sí los han asaltado. ¿Para qué? Como si no supieran que uno gana apenas para comer.” Se intensificaba en el argumento fatídico.

Del contagio relacionado al Sars-Cov-2, Daniel ya lo pasó, aún a pesar de pertenecer al grupo social de jóvenes, estuvo hospitalizado una semana con oxígeno.

“Estuvo duró, pensé que no la libraba, me contagie trabajando, obviamente, tienes contacto con la gente, muchos a quienes les entregas están enfermos o son familiares de enfermos, entonces por mucho que te pongas gel o te cubras con cubrebocas, pues recibes dinero o tocas sin querer a la otra persona.

Me salvé, pero pues sí me salió caro, dejé de trabajar como por un mes, tuve que vender varias cosas y por fortuna mi familia me echó la mano, pero recuperarme sí me costó.” Compartió con el destello solar reflejado en el visor de su casco.

De acuerdo con los requerimientos en ofertas de empleo en portales como: OCC, Glassdoor e Indeed, un repartidor motociclista debe de contar no solo con experiencia de manejo en el transporte, sino conocimiento vasto del sitio donde confluirá y tener un rango de edad de 20 a 40 años, dando pie a la lánguida espera de una inoculación para al menos así, sentirse rozando a aquel principado.