La paradoja del investigador: sobrecalificados, necesarios, precarizados

La paradoja del investigador: Hace algunos años la academia se veía como un territorio de estabilidad laboral; no necesariamente aportaba riqueza pero sí te proveía de permanencia
La paradoja del investigador: sobrecalificados, necesarios, precarizados
La paradoja del investigador: Hace algunos años la academia se veía como un territorio de estabilidad laboral; no necesariamente aportaba riqueza pero sí te proveía de permanencia

La paradoja del investigador: sobrecalificados, necesarios, precarizados. Hace algunos años, la academia se veía como un territorio de estabilidad laboral para muchos egresados. No necesariamente aportaba riqueza ni prestigio inmediato, pero sí te proveía de permanencia, era un espacio donde el esfuerzo sostenido, la formación rigurosa y la vocación terminaban por traducirse, tarde o temprano, en una vida profesional predecible cuya promesa no era el éxito rápido, sino algo más sobrio y más seguro: un lugar con certidumbre laboral donde era posible investigar, enseñar y formar a los futuros ciudadanos.

Agencia MVT / Dra. Mónica Elizama Ruiz Torres

Sin embargo, esa idea comienza a resquebrajarse cuando se contrasta con la experiencia cotidiana de muchos académicos. Hoy, la trayectoria institucional se parece menos a un camino acumulativo y más a una sucesión de incertidumbres: contratos temporales, evaluaciones opacas, criterios cambiantes y una constante sensación de provisionalidad. Lo que antes se asumía como una etapa transitoria se ha convertido, para muchos, en una condición permanente. Hay, sin embargo, algo particularmente desconcertante en esta transformación: no ha ocurrido de forma abrupta ni declarada. No hubo un momento claro en el que la academia anunciara el fin de esa estabilidad prometida. Más bien, el cambio se ha instalado de manera silenciosa, casi imperceptible, hasta volverse norma. Y es precisamente esa normalización de la incertidumbre lo que vuelve más difícil nombrarla, cuestionarla o incluso reconocerla como problema.

El mérito como trampa: formar para la exclusión

La precariedad académica suele describirse como un problema individual: demasiados egresados, pocas oportunidades y expectativas poco realistas. Pero, reducirlo a una cuestión de mérito personal ignora un hecho incómodo: el sistema universitario mexicano lleva años formando investigadores para un mercado académico incapaz de absorberlos. Las plazas de tiempo completo son escasas, altamente competidas y, en muchos casos, dependen más de jubilaciones aisladas, presupuestos restrictivos o dinámicas internas que de una verdadera expansión de la educación superior.

Frente a este escenario, programas como el que surgió en 2014 bajo el nombre de Cátedras Conacyt (posteriormente llamado Investigadoras e Investigadores por México cuya última convocatoria fue 2024), surgieron como una promesa de renovación institucional y relevo generacional. El objetivo era claro: ofrecer oportunidades a jóvenes investigadores altamente capacitados en un sistema que simplemente no estaba abriendo suficientes espacios. Sin embargo, con el paso del tiempo, el programa terminó revelando las propias fragilidades estructurales de la academia mexicana: condiciones laborales ambiguas, incertidumbre institucional y formas de contratación atípicas, como bien lo documentaron Arce Miyaki y Gomis Hernández.

La paradoja de los perfiles desechables

En este punto, la paradoja es evidente: mientras universidades y centros de investigación continúan formando doctores, realizando estancias posdoctorales y promoviendo trayectorias académicas cada vez más largas, el número de plazas disponibles permanece prácticamente inmóvil. El resultado es una generación de investigadores que vive encadenado a becas, contratos temporales y estancias provisionales, muchas veces bajo la expectativa implícita de que eventualmentellegará una posición estable. Pero para muchos, esa estabilidad nunca llega; simplemente se desplaza unos años más adelante.

A esto se suma otro problema menos visible, pero igualmente importante: la desconexión entre los perfiles que el propio sistema promueve y los perfiles que finalmente se contratan. En años recientes se ha impulsado con fuerza la interdisciplinariedad, la investigación aplicada y los programas orientados a problemas sociales complejos. Sobre el papel, el discurso resulta atractivo y necesario. Sin embargo, cuando se abren concursos universitarios, muchas instituciones continúan privilegiando perfiles tradicionales, disciplinares y fácilmente clasificables dentro de estructuras académicas mucho más conservadoras. Así, jóvenes investigadores formados bajo lógicas interdisciplinarias descubren que el sistema que incentivó su formación interdisciplinaria no necesariamente tiene un lugar claro para ellos.

El costo existencia y la autocensura en la academia

La consecuencia no es únicamente laboral, también es existencial porque la vida académica exige años de especialización, movilidad, renuncias personales y una inversión emocional profunda. Y cuando después de ese recorrido la estabilidad sigue siendo una promesa difusa, comienza a instalarse una sensación de habitar en una transición permanente que a larga hace eco en la producción académica. La especialista Heréndira Tellez ha advertido que los costos de las crisis de programas como el de Cátedras no han sido solamente económicas, sino también de capital social y humano: profesionales altamente calificado sin empleo y estudiantes y tesistas sin el apoyo que estos profesores pudieran haber brindado.

Aquí es donde el problema deja de ser una descripción incómoda y se vuelve una crítica necesaria. Porque la precariedad académica no es solo una condición laboral difícil: es una forma de organización profundamente desigual. A quienes transitan por contratos temporales, estancias posdoctorales o figuras ambiguas, se les exige prácticamente lo mismo que a una planta consolidada: investigar, publicar, dar clases, dirigir tesis, participar en proyectos institucionales, pero sin acceso pleno a los derechos, la estabilidad o la voz que definen la pertenencia real a una institución.

Se trata de una paradoja difícil de justificar: formar parte del funcionamiento cotidiano de la universidad sin formar parte, en sentido estricto, de su estructura. Se espera compromiso, productividad y, muchas veces, lealtad institucional, pero sin ofrecer a cambio condiciones mínimas de certidumbre o participación. No hay voto en decisiones clave, no hay incidencia en la construcción de los espacios académicos y, sin embargo, sí hay una carga laboral que sostiene, en buena medida, el propio sistema.

Esta asimetría no solo es injusta; también tiene efectos concretos en la manera en que se ejerce la docencia y la investigación. Cuando la permanencia depende de evaluaciones constantes, criterios poco transparentes o incluso de la percepción que otros tienen de tu trabajo, se instala una lógica de cautela permanente. La libertad académica, ese principio que en teoría sostiene a la universidad, comienza a erosionarse no por censura explícita, sino por autocensura. Se elige con cuidado qué decir, cómo decirlo y hasta dónde involucrarse.

Lo que esta en juego

Y es aquí donde la discusión se vuelve especialmente relevante. Porque esta fragilidad estructural no ocurre en el vacío: se cruza con un entorno en el que las instituciones, cada vez más, responden a dinámicas donde la experiencia subjetiva, particularmente la de los estudiantes, adquiere un peso determinante. Reconocer esa experiencia es necesario; ignorarla sería irresponsable. Pero cuando no existen mecanismos claros, equilibrados y basados en evidencia para procesarla, el resultado puede ser una desprotección adicional para quienes ya ocupan posiciones vulnerables dentro de la academia.

Hablar de la precariedad, entonces, no es solo señalar una injusticia laboral. Es advertir sobre un ecosistema que, al normalizar la incertidumbre, debilita sus propios principios: la libertad de cátedra, la construcción crítica del conocimiento y la posibilidad de sostener espacios de diálogo complejos. Lo que está en juego no es únicamente la estabilidad de quienes enseñan e investigan, sino la calidad y la integridad de la propia vida universitaria.

Mientras la estabilidad siga siendo una mercancía de lujo o una promesa difusa, todo lo demás como la libertad de cátedra, el pensamiento crítico y la propia autoridad académica, se vuelve una simulación provisional. El problema más profundo no es la escasez de plazas, sino la crueldad de haber naturalizado la incertidumbre. La academia ha aprendido a devorar el entusiasmo de sus investigadores, conviviendo con su angustia hasta incorporarla como parte de su lógica operativa. Cuando la certidumbre es la excepción y la precariedad es la norma, lo que se desmorona no es solo el futuro laboral de una generación; es la integridad misma de una universidad que ha decidido sostenerse sobre el desamparo de quienes la construyen.

Martes 26 de Mayo del 2026 10:51 pm