#EspaciodeOpinión Juárez, el deber hasta el último aliento

Espacio de Opinión de Yolanda Ballesteros Senties: Juárez, el deber hasta el último. aliento.
#EspaciodeOpinión Juárez, el deber hasta el último aliento
Espacio de Opinión de Yolanda Ballesteros Senties: Juárez, el deber hasta el último. aliento.

Espacio de Opinión: Juárez, el deber hasta el último aliento

Agencia MVT / Yolanda Ballesteros Senties

Murió como vivió: Con el temple del justo, la serenidad del sabio y la entereza del servidor público que nunca claudicó.

A 153 años de la muerte del “Benemérito de las Américas” continúa habitando la conciencia histórica de México. Desde 1873, la Universidad Autónoma del Estado de México –entonces Instituto Literario del Estado de México- cada año ha conmemorado de manera solemne esta fecha significativa, interrumpida solo en 2020 por la pandemia y este año 2025 por circunstancias institucionales. A pesar de la ausencia de este acto cívico, el legado de Juárez sigue siendo un pilar moral, jurídico y político que merece ser recordado.

Juárez murió cerrando una vida iniciada en la serranía de Oaxaca y consagrada en la edificación de la República. Su muerte fue recogida con un tono de ternura por la Gaceta Oficial, que destacó el rostro apacible del presidente, despojado de la dureza de las batallas, sereno como mueren los justos.

Más allá de las conmemoraciones, Juárez dejó una vida colmada de enseñanzas. Desde su infancia entre juncos y carencias en San Pablo Guelatao, hasta su ascenso a los más altos cargos del país. Su biografía es la expresión de un México que buscó transformarse desde la ley. Huérfano, de origen humilde, caminó hasta Oaxaca en busca de conocimiento. Allí aprendió español, se formó en el Instituto de Ciencias y Artes, fue catedrático, abogado, defensor de los campesinos de Miahuatlán, regidor, diputado, juez, secretario, gobernador y finalmente, presidente de México.

Como gobernador de Oaxaca, se opuso a Santa Anna; como presidente de la Suprema Corte, defendió el orden constitucional frente a la anarquía; y como presidente de la República, encabezó un gobierno itinerante que recorrió desiertos y montañas, resistiendo la intervención extranjera con la legitimidad de la Constitución de 1857 como única bandera. Las Leyes de Reforma que impulsó separaron los poderes religiosos y civiles y, sobre todo, redefinieron el horizonte del Estado mexicano.

Dice el relato que, a horas tempranas del 18 de julio de 1872, Ignacio Alvarado, médico de cabecera del presidente fue llamado con urgencia. Es él mismo quien en la carta “Las últimas horas de su vida” nos dice que Juárez, quien ya presentaba signos de debilidad, comenzó a sufrir una serie de espasmos y dolores que lo obligaron a reclinarse. Cada latido era una batalla. El aire le faltaba, el pulso se desvanecía, su semblante se tornaba pálido. Para revivirlo, el médico aplicó un tratamiento extremo: agua hirviendo sobre el pecho. El presidente se incorporó con energía, resistiendo el dolor con entereza: “Me está usted quemando”, dijo. “Es intencional, señor”, respondió Alvarado. El remedio, cruel pero eficaz, devolvió brevemente la vitalidad a Juárez.

Lo asombroso fue que, aún en ese estado, retomó sus funciones. Recibió al Ministro de Relaciones, discutió temas sensibles, dio instrucciones claras. Poco después, conversó con un general, detallando tácticas y estrategias con una lucidez que asombró a todos. Su cerebro, casi desfallecido, mantenía el control. Aquel cuerpo que apenas podía mantenerse en pie, seguía obedeciendo a la voluntad férrea del deber.

Cada movimiento, cada palabra, eran una resistencia contra la muerte. En medio de jadeos y sudor frío, Juárez arregló su corbata, se cubrió con la capa y ocupó su lugar de autoridad. No había espacio para el lamento. Gobernó hasta el último instante, transformando su lecho en tribuna y su dolor en legado.

Finalmente, ya exhausto, se recostó por última vez. En silencio, con la serenidad de quien ha cumplido su misión, entregó el alma. No hubo declive, ni derrota. Su muerte fue la culminación natural de una vida dedicada a México. Partió como vivió: consciente, firme, irreductible.

El último acto de Juárez —como su vida entera— fue lección viva de civilidad. Nos enseñó que el liderazgo no es arrogancia, sino responsabilidad; que la ley no es una forma vacía, sino la columna vertebral de una nación; que la muerte no anula al hombre justo, sino que lo eleva al rango de símbolo.

En una nueva etapa de transformación universitaria como la que recientemente iniciamos en la Universidad Autónoma del Estado de México, retomar el legado de Juárez es un ejercicio de pertenencia, de pertinencia, de renovación moral y de visión hacia el porvenir. Volveremos sin duda a conmemorarlo con la solemnidad que merece. Porque recordar a Juárez es reafirmar, el compromiso que tiene la Universidad con la ética pública, la formación de ciudadanos íntegros y la vocación de servicio como pilares de una educación con sentido social.

Dra. C.Ed. Yolanda Eugenia Ballesteros Sentíes

Profesora-Investigadora UAEMéx.

Alvarado, I. (1993). Las últimas horas de su vida. En Benito Juárez. Antología (pp. 274–279). Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Domingo 18 de Enero del 2026 2:31 am