En el Día Internacional del Director y la Directora de Orquesta, el maestro recuerda cómo un violonchelo, un viaje a México y la Universidad Autónoma del Estado de México marcaron el rumbo de su vida
Toluca, Estado de México, 13 de julio de 2026. La historia de Jairo Saquicoray Ávila, director de la Orquesta de Cámara de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), comenzó mucho antes de que levantara una batuta frente a un grupo de músicos. Inició entre las montañas de Huancayo, Perú, donde creció rodeado de violines, ensayos y conciertos, en una familia donde la música era parte de la vida cotidiana.
Décadas después, ese camino lo llevó a México y encontró en la UAEMéx el espacio para compartir una vocación construida con disciplina, pasión y trabajo colectivo.

Un viaje que cambió su vida para siempre
Jairo nació en la comunidad de Ingenio, en el Valle Azul de Huancayo, Perú. Su padre, Vicente Saquicoray, era violinista profesional y su abuelo dirigía una reconocida orquesta de música folclórica peruana.
El destino de la familia cambió cuando un director mexicano escuchó tocar a su padre durante una presentación en Lima y lo invitó a integrarse a una orquesta en México.
«Llegamos a México el 21 de noviembre de 1973. Primero estuvimos en Guadalajara, después en Xalapa y finalmente en Toluca, cuando mi padre ingresó a la Orquesta Sinfónica del Estado de México. Nunca sentí un choque cultural; la gente nos recibió con mucho cariño», recordó.
El violonchelo pasó de ser una obligación a convertirse en su pasión
Aunque provenía de una familia de músicos, Jairo admite que el violonchelo no fue una decisión propia.
Fue su padre quien un día llegó a casa con el instrumento y le pidió que comenzara a estudiarlo. Con el tiempo, aquella disciplina diaria se convirtió en la pasión que definiría su vida.
Su formación continuó en la Escuela de Bellas Artes, donde fue el primer alumno de violonchelo.
«Mi papá me hacía estudiar seis o siete horas diarias. En ese momento parecía demasiado, pero con los años entendí que todo tenía un propósito», relató.
Gracias a esa preparación, ingresó a los 18 años a la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), uno de los momentos más importantes de su carrera.
El futbol también pudo cambiar su destino
Durante su juventud, Jairo estuvo cerca de convertirse en futbolista profesional.
Realizó pruebas con el Deportivo Toluca y recibió la posibilidad de integrarse a las fuerzas básicas del club. Sin embargo, una conversación con su padre terminó inclinando definitivamente la balanza hacia la música.
«Me dijo que la carrera de un futbolista podía terminar muy pronto, mientras que la música podía acompañarme toda la vida. Esa conversación cambió mi destino», recordó.
Posteriormente ingresó al Conservatorio Nacional de Música y consolidó una trayectoria como violonchelista profesional.
La UAEMéx le permitió cumplir otro de sus grandes sueños
Con el paso de los años surgió una nueva meta: dirigir una orquesta.
Ese sueño comenzó cuando era niño y jugaba frente al espejo simulando dirigir músicos. Más adelante fortaleció su preparación con cursos impartidos por el reconocido director Enrique Bátiz y una estancia académica en España.
Desde hace 15 años forma parte de la Orquesta de Cámara de la UAEMéx y actualmente dirige una agrupación integrada por 15 músicos de cuerda.
Para él, dirigir una orquesta significa mucho más que marcar el ritmo.
«La labor del director consiste en lograr que todos respiren igual y sientan la música de la misma manera. Cada músico tiene una personalidad distinta; mi trabajo es unir todas esas emociones para construir una sola voz.»
La música como una forma de construir comunidad
En el marco del Día Internacional del Director y la Directora de Orquesta, Jairo Saquicoray aseguró que su mayor satisfacción es compartir la música con la comunidad universitaria y acercar el arte a nuevas generaciones.
Reconoce que su vida pudo tomar otros caminos, pero hoy no tiene dudas de que la música fue su verdadero destino.
«Mi destino cambió cuando mi padre aceptó aquella invitación y después apareció el violonchelo. Todo fue acomodándose hasta llegar aquí. Hoy no imagino mi vida sin la música», concluyó.