Conectados y enREDados / Tinder: sexo y ¿amor? en tiempos de pandemia

Redes sociales como Tinder “cubren todo el espectro de la existencia humana, desde la política y la religión hasta el sexo y la comunicación”
Conectados y enREDados / Tinder: sexo y ¿amor? en tiempos de pandemia
Redes sociales como Tinder “cubren todo el espectro de la existencia humana, desde la política y la religión hasta el sexo y la comunicación”

Tinder: sexo y ¿amor? en tiempos de pandemia

Agencia MVT / María del Socorro Castañeda Diaz

Marzo 9, 2022.- Como ya planteé en la entrega anterior, de acuerdo con Manuel Castells (2006) y su análisis sobre la sociedad red, hoy día las redes sociales “cubren todo el espectro de la existencia humana, desde la política y la religión hasta el sexo y la comunicación” [1]. Esta cita, que parecería reiterativa es sin embargo fundamental para no perder de vista la trascendencia de Internet en la vida de 4 mil 950 millones de usuarios de internet en el mundo, es decir, alrededor del 62,5 % de la población mundial, cifra que representa un aumento de cuatro por ciento anual, es decir, 192 millones de personas [2].

A pesar de la innegable existencia de la brecha digital, de la que nos ocuparemos en otros momentos, es importante considerar que, en su versatilidad, Internet se ha convertido en una especie de “prótesis emocional”, definida como un instrumento que “ayuda a establecer víncu­los y socializar”, porque representa “una esperanza de resurrección, siempre tecnológica, de esa parte orgánica de la cual la naturaleza nos ha privado re­pentinamente, o que ha dejado de ser funcional para nuestra sobrevivencia” (Moriggi y Nicolleti, 2009: 69).

Estas prótesis y su uso, además, han alcanzado uno de sus puntos más altos a partir del momento en que, ya sea por el encierro de la pandemia o las precauciones sanitarias o simplemente por la imposibilidad de acceder a otros ambientes que no sean la casa o el trabajo, las personas encuentran en ellas una alternativa viable para buscar una relación de pareja.

Tinder (al igual que Badooo, Meetic, Facebook Dating, Grindr y otras aplicaciones creadas para fomentar encuentros, incluso entre personas comprometidas como Ashley Madison o Gleeden) no es una novedad. Fue creada en 2012 en el conglomerado de Startups Hatch Labs. A siete años de su arribo al mundo de las redes sociales, y desde 2014, cuando empezó a popularizarse, ha logrado penetrar en 190 países. Aunque resulta complicado indagar las estadísticas de la app, una publicación de 2018 firmada por Pedro Daniel P.G. [3] señalaba que, para entonces, ésta contaba con aproximadamente 46 millones de usuarios de los cuales, la gran mayoría eran hombres (62 por ciento, es decir 28 millones 520 mil), mientras que tan sólo había 38 por ciento de mujeres (17 millones 480 mil).

Sin embargo, Tinder y otras aplicaciones semejantes son mucho más que sólo cifras. Detrás de cualquier instrumento tecnológico que estimula el contacto humano hay, potencialmente, emociones que involucran a quienes, en un mundo hiperconectado, deciden confiar en dichos instrumentos para buscar relaciones en contextos virtuales que quizá de otra manera sería difícil establecer.

Es un hecho innegable que la percepción de quienes usan Internet está muy relacionada con una especie de omnipresencia. Las fronteras geográficas parecen dejar de ser un obstáculo cuando es posible interactuar a través de una pantalla. Más aún: parecería que precisamente las relaciones mediadas por dichas pantallas dan un mayor margen de expresión, sobre todo a personas que no son particularmente hábiles para socializar.

Iniciar contacto en Tinder puede ser una experiencia interesante para quien lo intenta, pero es un hecho que, en términos generales no existe una conciencia real de que al “hacer swipe” es decir, al deslizar perfiles, quienes participan en el juego de seleccionar pareja en realidad están literalmente desechando o aprobando personas con base en la apariencia física, la propuesta romántica/intelectual o incluso la posición social que se puede apreciar en cada perfil, generalmente elaborado con toda meticulosidad por quien quiere mostrarse como una buena oportunidad de relación.

Entendámonos bien: la selectividad al momento de elegir pareja es un elemento presente también en las relaciones “analógicas”; sin embargo, la manera de escoger en un contexto virtual podría incluso rayar en la crueldad, y aunque en términos concretos la otra persona no se entera de la opinión que despertó, probablemente si lo supiera no le quedarían ganas de exponerse al escrutinio de un potencial amante, amigo, novio o similar.

Lo cierto es que las características de Tinder convierten la aplicación en una vitrina social, en la que se ponen en juego cualidades principalmente físicas para atraer y ser elegidos (Escobar, 2019)[4]. Se trata de un juego con reglas muy claras que, sin embargo, pocas personas estarían dispuestas a jugar en un mundo analógico porque sin duda, no es fácil aceptar ser juzgados por la percha ni mucho ser desechados por la misma razón.

Y más aún: esa forma cruel y cosificada de auto exponerse y elegir, se antojaría incluso como una manera de establecer relaciones personales igual a cuando se adquieren bienes de consumo “que no difieren en nada respecto de una hamburguesa del McDonalds o una Coca-cola”[5] (Bonavitta, 2015: 203). Así, todo parece indicar que, a través de estas prótesis emocionales las relaciones románticas inician con base en “estándares económicos y simbólicos de intercambio como un bien más en tránsito en el mercado” (Escobar, 2019: 93).

Por otra parte, en muchos casos es difícil que quienes frecuentan la aplicación de citas reparen en la posibilidad de que, si llegan a establecer una relación con alguien que hayan encontrado en ese medio, ese lazo no vaya más allá del plano sexual y se convierta en una de esas relaciones líquidas que se diluyen con sólo apretar un botón, como ya lo planteó el sociólogo polaco-británico Zygmund Bauman al considerar que las actuales relaciones, sobre todo aquellas mediadas por la tecnología, carecen de solidez y tienden a ser superficiales, efímeras y no fomentan el compromiso y por lo tanto, terminan diluyéndose.

Para Bauman “las redes sociales son una trampa” y Tinder no es otra cosa que una red social en la que, como en otras, “[…] puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable” (De Querol, 2016)[6].

Precisamente esa nueva forma de relacionarse sexual y afectivamente en un mundo con pocos límites geográficos y muchas barreras sociales es una respuesta a uno de los temas más actuales: la soledad que prevalece en una sociedad complicada por las exigencias del capital que privilegian el trabajo y dejan poco espacio al tiempo libre y a la socialización. Buscar en Tinder, al parecer, es una manera de evitar el desperdicio de recursos y facilita contactos con personas cercanas en más de un sentido: geográfico, social, económico, cultural o ideológico.

“Las mujeres suelen utilizar Tinder para mejorar su autoestima y los hombres buscan una cita o un rollo de una noche” (Duportait, 2019)[7]. Ahí comienza uno de los razonamientos que convierten la app casi en un peligro potencial, porque precisamente en la búsqueda de reafirmación y de la autoestima quizá perdida, algunas personas caen en trampas casi inverosímiles, como en el relato de una mujer del municipio mexiquense de Metepec, quien no resistió a los encantos de quien en Tinder se dejaba ver como “un hombre maduro con buena percha que luce uniforme y gorra tipo náutica. Tez blanca, nariz respingada y barba pelirroja”[8]. Evidentemente se trataba de un (o quizá una o incluso varios) estafador que intentó quitarle dinero a esa mujer que, aunque nunca lo había visto, lo consideraba ya parte de su vida y veía en él una relación que, después del desengaño, para decirlo en términos de Bauman, se diluyó.

Y así como otro ejemplo, tenemos en las últimas semanas el caso del “Estafador de Tinder”, dado a conocer a nivel global por Netflix, que ha sido motivo de condena hacia el hombre que, aprovechando la vulnerabilidad de algunas mujeres logró que abrieran no sólo su corazón, sino su cartera.

Las redes sociales no son en sí buenas o malas. Las aplicaciones de citas han dado paso a una nueva forma de relación que debe ser observada desde muchos enfoques de análisis porque ya se presenta como una realidad cada vez más común. La tecnología en este caso se antoja como un medio para comunicar que daría pie a relaciones interpersonales físicas, directas y concretas que, sin embargo, corren el riesgo de desaparecer con un click, de la misma manera en que se originaron.

Es inevitable normalizar este tipo de contactos, pero es también importante no perder de vista que las actuales transformaciones en la manera de establecer vínculos afectivos están obedeciendo a una “veneración a la apa­riencia física, la búsqueda de satisfacción sin necesidad de compromiso y la facili­dad tanto para el establecimiento como para el abandono de vínculos personales” (Becerra et al, 2015: 22).  En este sentido, vale la pena considerar esa “liquidez” de la que Bauman habló en su momento y que, sin duda, representa un importante punto de reflexión para analizar el sexo y el romanticismo en los tiempos de la pandemia y del auge de Internet, que sin duda representan también un incremento importante en el inicio de las relaciones quienes tienen en esas prótesis emocionales una seria opción para mantener en orden (o no) su vida personal.

María del Socorro Castañeda Diaz / Candidata a Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México
Correo electrónico: maria.castaneda.diaz@gmail.com

Bibliografía

[1] CASTELLS, Manuel, 2006, La era de la información, Vol. 1, Siglo XXI, México.

[2] WE ARE SOCIAL. 2022 Digital Report 2022: El informe sobre las tendencias digitales, redes sociales y mobile. Disponible en https://wearesocial.com/es/blog/2022/01/digital-report-2022-el-informe-sobre-las-tendencias-digitales-redes-sociales-y-mobile/

[3] Las Matemáticas del desamor: ¿Por qué no ligas ni en Tinder? (Parte II). Disponible en medium.com

[4] ESCOBAR Pulgar, Sebastián. 2019. Intimidad y tecnologías digitales: transformación de las relaciones interpersonales en el uso de Tinder en Chile. En Teknokultura. Revista de Cultura Digital y Movimientos Sociales. Ediciones Komplutense. Madrid.

[5] BONAVITTA, P. 2015. El amor en los tiempos de Tinder. En Revista Cultura y representaciones sociales. Año 10, núm. 19. Págs 197-210. Septiembre 2015.

[6] DE QUEROL, Ricardo. 2016. Zygmunt Bauman: “Las redes sociales son una trampa”. En El País. 21 de enero de 2016. Disponible en https://elpais.com/cultura/2015/12/30/babelia/1451504427_675885.html

[7] Duportail, Judith. 2019. El algoritmo del amor: Un viaje a las entrañas de Tinder. Editions Goutte d’Or. París

[8] A.M. Ingrid. 2019. El amor en tiempos de Tinder… En Agencia de Noticias MVT. 14 de febrero de 2019. Disponible en https://mvt.com.mx/el-amor-en-tiempos-de-tinder/

Jueves 19 de Mayo del 2022 9:33 am