Conectados y enredados: Teotihuacán, las redes y la ansiedad de entender

Hay hechos violentos que no terminan cuando cesa el peligro, siguen después, en otra escena: la de las pantallas. Eso ocurrió en Teotihuacán
Conectados y enredados: Teotihuacán, las redes y la ansiedad de entender
Hay hechos violentos que no terminan cuando cesa el peligro, siguen después, en otra escena: la de las pantallas. Eso ocurrió en Teotihuacán

Hay hechos violentos que no terminan cuando cesa el peligro inmediato. Siguen después, en otra escena: la de las pantallas. Eso ocurrió en Teotihuacán, pues el ataque en la Pirámide de la Luna del pasado 20 de abril no solo dejó víctimas, miedo y una investigación, sino también imágenes tempranas, audios, declaraciones, reconstrucciones del agresor, capturas y una cascada de comentarios que empezaron a interpretar lo ocurrido antes de que pudiera entenderse con claridad.

La cronología oficial difundida por la Fiscalía mexiquense fue reveladora: a las 11:23 ya había primeras llamadas a la Guardia Nacional y a la policía municipal, y también las primeras imágenes de la situación y las autoridades sostuvieron además que el agresor actuó solo, que el ataque fue planeado y que terminó suicidándose.

Ese dato importa mucho porque desplaza el modo habitual de entender la relación entre violencia e internet. No se trata de un crimen que primero ocurre y luego “llega” a redes. Aquí la dimensión digital aparece dentro del propio desarrollo del hecho: con registros tempranos, con teléfonos que documentan la escena y con materiales que luego alimentan una interpretación pública acelerada. La violencia ya no produce solo víctimas, perpetradores e investigación, sino también una vida digital del acontecimiento.

El hecho ya nace como registro

Para comenzar a entender nos ayuda una primera clave teórica. Danah Boyd propuso pensar los entornos digitales como públicos en red: espacios donde lo que se produce circula con cuatro propiedades decisivas, persistencia, replicabilidad, escalabilidad y buscabilidad. Más claramente: una imagen ya no es solo un registro fugaz, más bien es algo que puede guardarse, recortarse, reenviarse, reaparecer y cambiar de sentido a medida que circula. En Teotihuacán, las primeras imágenes no fueron un simple vestigio del ataque, porque formaron parte de la manera en que el caso empezó a existir públicamente.

Eso permite una observación más fina. El horror contemporáneo no solo se presencia: se captura, y una vez que esto ocurre entra a un circuito en el que deja de pertenecer solo a quienes estuvieron ahí, para pasar a manos de audiencias mucho más amplias que lo convierten en prueba, señal, argumento, símbolo o contenido. Lo que internet añade no es únicamente difusión: le da una segunda vida del hecho.

El teléfono en medio del miedo

Uno de los rasgos más duros del caso está precisamente en el teléfono de quienes estaban amenazados. Una víctima grabó parte de la escena con el celular oculto, de modo que la imagen se oscurece mientras el audio conserva amenazas, órdenes e insultos del agresor, y ese detalle obliga a salir de una lectura pobre según la cual hoy todo se graba por morbo. No. A veces el dispositivo aparece como recurso mínimo de prueba, de constancia, de fijación de la escena cuando casi todo alrededor se ha roto.

Aquí encaja bien Anders Albrechtslund con su idea de vigilancia participativa. Su planteamiento ayuda a entender que, en la cultura digital, registrar, observar y documentar ya no son solo prácticas del poder desde arriba, sino hábitos ordinarios de los propios usuarios. En una situación extrema, esa lógica se vuelve brutalmente visible, pues el teléfono deja de ser solo objeto cotidiano y se convierte en una pequeña máquina de testimonio; hoy, hasta el miedo pasa por una interfaz.

Ser grabado también cambia la escena

La cámara no modifica solo a quien registra, sino a quien sabe que puede ser grabado. La prensa describió al agresor como alguien que parecía consciente de que lo observaban y lo grababan; además, distintas imágenes y videos del ataque circularon muy pronto. No hace falta caer en la frase fácil de que “actuó para redes”, porque eso sería simplista, pero es suficiente con reconocer algo más preciso: en una escena saturada de teléfonos, la posibilidad de ser grabado forma parte de la situación misma.

Aquí resulta útil el trabajo de Alice Marwick, quien junto a la ya mencionada Danah Boyd  habla sobre audiencias imaginadas y colapso de contextos. En los entornos digitales, las acciones no quedan encerradas en el aquí y ahora: pueden ser vistas después por públicos difusos, múltiples y descontextualizados. Aplicado a Teotihuacán, eso no significa afirmar una estrategia mediática sofisticada del agresor, sino advertir que la grababilidad introduce una dimensión escénica en la violencia y que la escena ya no pertenece solo a quienes la padecen de manera inmediata, sino que queda para la posteridad digital.

Del agresor al archivo

Después viene otro movimiento muy propio de internet: la expansión retrospectiva de la biografía. De pronto no importa solo lo ocurrido en la pirámide, sino también el cuarto que el agresor rentó en 2018, la impresión que dejó a un arrendador, su credencial, los materiales hallados entre sus pertenencias, las referencias a Columbine, las etiquetas psicológicas y las supuestas afinidades ideológicas que medios, autoridades y usuarios empiezan a recomponer. La investigación oficial habló de un caso “copycat” y la cobertura periodística añadió los elementos simbólicos y biográficos que comenzaron a circular alrededor de su figura.

Ahí la red hace algo muy particular: convierte a una persona en archivo. Una camiseta deja de ser ropa y pasa a ser signo; una publicación se vuelve indicio; un recuerdo se convierte en pieza de rompecabezas, pero el problema es que esa proliferación de huellas produce con facilidad una ilusión poderosa: la de que ya entendimos, como si juntar piezas equivaliera automáticamente a explicar un acto extremo, y ahí dejamos de considerar que lo que circula no siempre es comprensión, sino apenas un cúmulo de datos que no permiten profundizar.

La autoridad también entra a la red

Otro punto importante es que no solo los usuarios interpretan. También lo hacen las instituciones, y en un lenguaje que las plataformas absorben de inmediato. Fórmulas como “problemas psicológicos”, “actuó solo” o “copycat” salen de la declaración oficial y pasan enseguida a las publicaciones en redes sociales digitales y de ahí al comentario. Lo oficial no queda fuera del circuito digital; entra en él y compite por fijar sentido junto con la sospecha, el sarcasmo o la consigna.

Eso rompe una imagen de las redes como espacio donde la verdad institucional llega a ordenar el caos. En realidad, la autoridad misma se vuelve contenido circulable y su lenguaje es recortado, repetido, resignificado y usado como argumento por públicos muy distintos. Lo oficial no cancela la disputa interpretativa: muchas veces la alimenta.

Miren los comentarios

Y aquí resulta importante hacer un ejercicio de crítica a las redes: detenerse a leer los comentarios, no como quien baja a un basurero digital, sino como quien observa un laboratorio social, porque ahí precisamente se ve con crudeza una de las operaciones más características de las redes sociales digitales en las cuales de pronto aparecen detectives, politólogos, sociólogos, criminólogos, psicólogos, expertos en seguridad pública y conspiracionistas improvisados. Uno deduce que “algo huele mal” porque el tirador parecía saber usar el arma; otro concluye que todo prueba la expansión del discurso de odio y alguien más reubica al homicida en la ultraderecha, en la cultura estadounidense o en la misoginia en línea. Hay quien habla de salud mental y quien sospecha que le pagaron o que fue una maniobra para desviar la atención pública y al final todo se resume en una multiplicación de marcos rivales.

Lo interesante no es solo que haya opiniones precipitadas, sino que cada quien toma el hecho y lo acomoda en su propio mundo. Quien desconfía del Estado ve operación, aquel que sigue una ideología ve radicalización, los que privilegian lo psicológico ven trastorno y las personas que piensan en administración turística ven falla de protocolos y quienes habitan la red como arena cínica ven la ocasión para el chiste. Si observamos con atención, casi nadie entra a los comentarios para abrir una pregunta, y la gran mayoría participa con la intención de confirmar una narrativa previa.

La red como fábrica de causalidad improvisada

Para entender esa escena, sigue siendo útil John Suler y su tesis sobre la desinhibición en línea. El anonimato relativo, la invisibilidad, la distancia y la minimización de la autoridad favorecen expresiones más tajantes, agresivas o concluyentes. Pero en Teotihuacán hay algo más: las plataformas no solo desinhiben, también igualan visualmente la conjetura y la evidencia. En la misma pantalla conviven la nota periodística, la declaración oficial, el audio, la sospecha personal, la ocurrencia sarcástica y el diagnóstico amateur. Todo parece ocupar un lugar semejante.

Por eso las secciones de comentarios están llenas de intuiciones, prejuicios, desconfianzas políticas, marcos ideológicos, miedos sociales y todo se resume en ganas de tener razón. La plataforma premia poco la espera y mucho la seguridad verbal. No hace falta saber para sonar concluyente y basta con escribir como si se supiera.

¿Qué encontramos (realmente) en redes sobre lo sucedido?

Teotihuacán deja ver algo más amplio que el caso mismo. La violencia contemporánea ya no produce solo víctimas, agresores e investigación:  nos da imágenes tempranas, registros sonoros, restos biográficos, lenguaje oficial convertido en contenido y comentarios que buscan fijar la verdad antes de que la verdad pueda sostenerse con rigor.

Por eso conviene mirar los comentarios. Ahí no solo está el ruido, sino la forma en que una sociedad conectada procesa el espanto: politizando de inmediato, psicologizando sin matices, conspirando por reflejo, diagnosticando con premura y, finalmente, cansándose de tantas explicaciones incompatibles.

La lección más incómoda no es solo que internet vuelva todo visible, sino que vuelve muy difícil convivir con la incertidumbre. Las imágenes parecen transparencia, los testimonios se toman como explicación, los comentarios pasan por conocimiento, pero casi nunca basta. Internet no solo distribuye información: distribuye también una sensación mucho más seductora, la de estar entendiendo. Y pocas cosas confunden más que esa certeza prematura.

 

María de Socorro Castañeda Díaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales y Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México

Miercoles 22 de Abril del 2026 10:39 pm