Conectados y enredados / Tener un hijo sin pareja: coparentalidad y vida onlife

En el mundo de hoy, existen planes de vida que se pueden concretar en el mundo digital y que ya no tienen que ver con el amor romántico.
Conectados y enredados / Tener un hijo sin pareja: coparentalidad y vida onlife
En el mundo de hoy, existen planes de vida que se pueden concretar en el mundo digital y que ya no tienen que ver con el amor romántico.

Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz

En el mundo de hoy, existen planes de vida personal que se pueden concretar en el mundo digital y que ya no tienen que ver con el amor romántico. En la pantalla del teléfono de algunas personas no aparecen promesas de citas ni fotografías pensadas para seducir. Lo que se despliega son perfiles que hablan de horarios, valores educativos, expectativas de crianza, acuerdos posibles. Se trata de personas adultas que no buscan pareja, pero sí desean tener un hijo, personas que no desean o sencillamente no pueden construir una relación amorosa, pero quieren ejercer la parentalidad de forma deliberada y compartida.

A este fenómeno se le llama coparentalidad: son proyectos de maternidad y paternidad acordados entre personas que no mantienen una relación de pareja. No es adopción, tampoco es la donación anónima tradicional. Es un modelo que se organiza, en buena medida, a través de plataformas digitales diseñadas para conectar a quienes comparten el deseo de tener un hijo sin formar una pareja.

Como una manera de vivir en la red de redes, la coparentalidad revela también transformaciones profundas en la manera contemporánea de entender la familia, la reproducción y los vínculos, pero sobre todo, muestra cómo estas decisiones se inscriben en lo que Luciano Floridi denomina la vida onlife: un entorno donde lo digital y lo presencial ya no se oponen, sino que se entrelazan de forma constante.

Durante décadas, la pareja fue el punto de partida casi incuestionable para la maternidad y la paternidad. Primero el amor, luego el proyecto familiar. La coparentalidad altera esa secuencia. Aquí el orden se invierte: primero el deseo de tener un hijo, después la búsqueda de alguien con quien compartir esa responsabilidad. Las plataformas especializadas no preguntan por gustos musicales o destinos soñados, sino por estilos de crianza, disponibilidad de tiempo, lugar de residencia, acuerdos económicos, concepciones sobre educación o salud. El lenguaje es directo, a veces cercano a lo contractual. No hay ambigüedad: lo que se busca no es una historia romántica, sino un proyecto de vida centrado en un menor.

Este desplazamiento es significativo. El amor deja de ser el principio organizador exclusivo de la familia y es sustituido, al menos parcialmente, por la planificación explícita y la negociación. En ese movimiento se advierte una racionalización de la intimidad que no es ajena a otras dimensiones de la vida contemporánea.

La coparentalidad no podría comprenderse sin el entorno digital que la posibilita. No se trata simplemente de usar internet como herramienta, sino de habitar un espacio donde las decisiones íntimas se toman dentro de la conexión. En la vida onlife, las biografías se construyen entre perfiles, mensajes, documentos compartidos y encuentros presenciales. La identidad parental comienza a delinearse incluso antes de la concepción y esto sucede en la red. La frontera entre lo digital y lo “real” pierde sentido: el proyecto familiar nace ya mediado tecnológicamente.

No existe un único perfil de quienes participan en estos proyectos. Con frecuencia se trata de personas adultas, con trayectorias educativas largas y cierta estabilidad laboral, que han postergado o descartado la vida en pareja, pero no el deseo de ser madres o padres. La presencia de personas de la comunidad LGBT+ es relevante, aunque no exclusiva. Para algunas, la coparentalidad ofrece una alternativa frente a obstáculos legales o simbólicos; para otras, heterosexuales y solteras, es una vía para no renunciar a la parentalidad en un contexto de relaciones afectivas menos estables.

No estamos ante la desaparición de la familia, sino ante su reconfiguración. Cambian los tiempos, los acuerdos y los fundamentos. Las plataformas digitales introducen además lógicas propias del mundo en red: algoritmos que sugieren coincidencias, filtros por valores, herramientas para estructurar compromisos. La parentalidad se organiza como proyecto. Este giro tiene un doble filo. Por un lado, obliga a conversaciones que muchas parejas tradicionales nunca sostienen antes de tener hijos. Por otro, corre el riesgo de reducir la complejidad de los vínculos a variables que se pueden controlar.

La coparentalidad tampoco está exenta de tensiones. En muchos contextos jurídicos, los acuerdos privados no garantizan por sí mismos derechos ni obligaciones si no se formalizan ante autoridades competentes. En caso de conflicto, prevalece el marco legal y, sobre todo, el interés superior del menor. Los desacuerdos pueden surgir en torno a dinero, tiempo de convivencia, decisiones médicas o educativas, cambios de residencia o la incorporación de nuevas parejas. La ausencia de romance no elimina el conflicto, simplemente lo desplaza.

Existe además una pregunta ética que no puede soslayarse. El deseo legítimo de ser madre o padre no debe eclipsar los derechos y necesidades del niño o la niña. Que algo sea posible gracias a la tecnología no significa que sea, en todos los casos, lo más prudente, lo más justo o lo más conveniente para quienes estarán involucrados, especialmente para el menor. Hay que ser claros: el hecho de que hoy podamos organizar la parentalidad en red no elimina la necesidad de preguntarnos si ese arreglo es estable, justo y centrado en el interés del niño o la niña.

La coparentalidad digital no es un modelo universal ni pretende serlo. Es, más bien, un indicador de nuestra época. En la vida onlife ya no solo trabajamos, migramos o nos informamos conectados; también planificamos la reproducción y la familia en red. No es el fin del amor, pero sí el fin de su monopolio como única vía legítima hacia la parentalidad. Comprender este fenómeno no implica celebrarlo ni condenarlo, sino observar con atención cómo la tecnología, los afectos y el derecho se rearticulan en la experiencia cotidiana. En esa intersección se juega una parte significativa del futuro de las formas familiares.

María del Socorro Castañeda Díaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales y Profesora Investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de México.

Jueves 19 de Febrero del 2026 9:46 am