Conectados y Enredados: Narrativas (digitales) en guerra

Conectados y Enredados hace un análisis profundo de lo que parece ser una época de disputa por la manipulación en las narrativas digitales
Conectados y Enredados: Narrativas (digitales) en guerra
Conectados y Enredados hace un análisis profundo de lo que parece ser una época de disputa por la manipulación en las narrativas digitales

Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz

Hablar hoy de la guerra en Irán no significa solamente hablar de misiles, alianzas, amenazas o cálculos militares. Significa también hablar de relatos, de versiones, de imágenes, de interpretaciones enfrentadas, pero sobre todo, de la dificultad creciente para saber desde dónde se nos está contando lo que vemos.

Ese es uno de los rasgos más inquietantes del presente. No vivimos un tiempo de transparencia plena, aunque a veces la abundancia de pantallas pueda dar esa impresión. Vivimos, más bien, un tiempo en el que distintas narrativas compiten por definir qué está pasando, quién tiene la razón, quién representa el peligro y quién pretende presentarse como legítimo. Por eso, más que una época sin manipulación, ésta parece ser una época de disputa por la manipulación.

Iraq 2003: cuando la guerra fue un gran espectáculo televisivo

Para entender mejor lo que ocurre hoy, conviene mirar hacia 2003. La invasión a Iraq por parte de Estados Unidos fue también un enorme acontecimiento mediático. Millones de personas siguieron los bombardeos sobre Bagdad, la entrada de tropas y las transmisiones continuas de las grandes televisoras. Aquella guerra parecía tener un guion relativamente ordenado. Había imágenes dominantes, voces reconocibles, mapas, análisis y una sensación de que todo era comprensible. Parecía que el mundo entero miraba más o menos lo mismo.

Después quedó claro que esa aparente transparencia era profundamente engañosa. La justificación central de la invasión (la existencia de armas de destrucción masiva) se vino abajo, y con ello no solo se derrumbó un argumento, sino también la credibilidad de una maquinaria narrativa que había logrado instalar la guerra como necesidad.

Durante años se resumió todo diciendo que la invasión de Iraq había sido una guerra por petróleo. La frase no es falsa, pero sí insuficiente. El petróleo fue un componente estructural, desde luego, pero no actuó solo. También operaron la doctrina de seguridad posterior al 11 de septiembre de 2001, la voluntad de reconfigurar el equilibrio regional y una necesidad más amplia: producir un nuevo enemigo reconocible para el imaginario occidental.

De los soviéticos al mundo musulmán

Si durante la Guerra Fría el gran antagonista había sido el bloque soviético, después de su fin (y con mucha mayor fuerza tras el 11 de septiembre) el lugar del peligro comenzó a ser ocupado por el mundo musulmán. No siempre de manera abierta, ni del mismo modo en todos los discursos, pero sí a través de una narrativa persistente que fue asociando islam, amenaza, terrorismo, inestabilidad y violencia.

Eso importa porque Iraq no fue solo una intervención militar. También fue parte de una reconfiguración simbólica del mundo. Cambiaron los “malos”, pero Estados Unidos siguió reservándose para sí el lugar del garante del orden, de la racionalidad y de la seguridad.

Dicho de otra manera: la guerra no solo se peleó en el terreno. También se peleó en la imaginación política de millones de personas.

Hoy no se puede hablar de Irán sin hablar de Israel

En el conflicto actual, ese esquema ya no funciona con la misma facilidad. Y aquí Israel resulta un elemento clave no como un actor lateral, sino como uno de los ejes centrales de la confrontación.

Israel no solo participa en el plano militar. También interviene en el plano narrativo. Define amenazas, fija marcos de interpretación y trata de colocar ciertas acciones bajo la lógica de la defensa, la seguridad o la respuesta necesaria. Irán hace algo semejante desde su propia racionalidad estatal. Estados Unidos, por su parte, no solo actúa como aliado estratégico, sino también como amplificador político y mediático.

Por eso, lo que vemos no es únicamente una confrontación armada. Lo que vemos es una disputa por el significado mismo de esa confrontación. Quién amenaza, quién responde, quién se defiende, quién escala, quién victimiza y quién se presenta como obligado a actuar.

Ya no hay una sola narrativa dominante

Aquí está el punto central. La diferencia con 2003 no consiste en que antes hubiera manipulación y ahora exista transparencia. La diferencia es otra: antes había mayor capacidad para consolidar una narrativa dominante, mientras que hoy el sentido de los hechos se disputa de manera permanente entre voces, plataformas, intereses y registros diferentes.

Ése es, quizá, uno de los rasgos más importantes del presente: no hemos pasado de la manipulación a la transparencia, sino de la narrativa única a la disputa permanente de narrativas.

La guerra en Iraq fue espectacularizada desde pocas pantallas. El conflicto actual circula en miles. Antes la interpretación de los hechos se organizaba desde nodos de poder mediático y político que lograban imponer, con relativa eficacia, una lectura dominante del conflicto. Hoy, en cambio, la versión de los hechos no baja compacta ni ordenada: se fragmenta, se reproduce, se contradice y se pelea en tiempo real.

Más discursos no significan necesariamente más verdad

Podría pensarse que tener más voces disponibles equivale automáticamente a estar mejor informados, pero no siempre es así. Hoy una persona que trata de entender qué ocurre en Irán, en Gaza o en cualquier otro frente dispone de una enorme cantidad de discursos simultáneos: gobiernos, medios, periodistas, activistas, cuentas anónimas, influencers, videos recortados, testimonios genuinos, propaganda, contra-propaganda y opinadores improvisados.

Todos quieren explicar, persuadir y aparentan tener datos. Y justamente por eso, el problema no es solo la mentira evidente, sino la coexistencia de relatos persuasivos que vuelven difícil distinguir entre información, interpretación, propaganda y simple posicionamiento ideológico.

Para nosotros, las personas de a pie, éste es quizá el punto más importante. El desafío ya no es solo “buscar más información”, sino desarrollar la capacidad de preguntarse de dónde viene cada discurso, quién lo emite, con qué interés, qué deja fuera y qué intenta provocar.

Porque no toda voz vale lo mismo, aunque todas circulen en la misma pantalla.

El papel ambiguo, pero decisivo, de las redes

Las redes sociales digitales ocupan aquí un lugar ambiguo. Pueden amplificar mentiras, simplificar conflictos, recompensar la reacción inmediata y hacer circular opiniones sin sustento como si fueran análisis. Todo eso es cierto.

Pero también han modificado algo muy importante: han debilitado el monopolio narrativo que durante mucho tiempo tuvieron las grandes televisoras, los gobiernos y los grandes consorcios informativos. Hoy un teléfono móvil puede registrar algo que una televisora no muestra o que un gobierno preferiría dejar fuera del encuadre.

Esa es una diferencia importante con respecto a 2003. En aquel momento, la capacidad de centralizar el relato era mucho mayor. Hoy, en cambio, hay más posibilidades de documentar, de responder, de desmentir, de mostrar otra escena y de disputar el encuadre dominante. Eso no elimina la manipulación: la vuelve más compleja.

Gaza y el desgaste de una legitimidad automática

El caso de Gaza ayuda a entenderlo con claridad. Durante mucho tiempo, en amplios sectores del discurso occidental, Israel aparecía casi automáticamente del lado de la legitimidad defensiva. Sin embargo, la circulación masiva de imágenes, videos y testimonios ha hecho mucho más difícil sostener esa lectura sin cuestionamientos.

Y no es porque las redes produzcan una verdad pura o incontestable, sino porque complican la imposición de una sola versión conveniente. La documentación difundida desde abajo, muchas veces en tiempo real, ha erosionado la comodidad con la que antes podía instalarse un relato más homogéneo desde medios o vocerías alineadas con ciertos intereses.

Y esa erosión importa porque muestra que las redes no solo sirven para confundir. También pueden abrir grietas en narrativas que antes se imponían con mucha más facilidad.

Irán: deslegitimar a un régimen no equivale a legitimar una invasión

Algo semejante ocurre con Irán. Han circulado testimonios muy duros sobre la represión interna, el malestar social y el autoritarismo del régimen. Esos registros han contribuido, sin duda, a cuestionar la legitimidad del gobierno iraní ante muchas audiencias.

Pero eso no se ha traducido automáticamente en apoyo a una invasión extranjera sobre la soberanía del país. Y ese punto es muy importante. La crítica a un gobierno no ha derivado de manera lineal en la validación de una intervención militar externa como solución legítima.

También aquí las redes han tenido un papel relevante. No solo sirven para exhibir violencia estatal, sino también para impedir que esa exhibición cierre por completo el debate. Es decir: ayudan a deslegitimar un poder, pero no necesariamente a legitimar cualquier acción en su contra.

Eso refuerza una idea central: los tiempos son distintos. Hoy hay más posibilidades de expresión, de contra-relato y de documentación, pero justamente por eso también hay más saturación, más ruido y más necesidad de discernimiento.

¿Quién es Manuel Castells y por qué ayuda a entender esto?

Aquí resulta especialmente útil Manuel Castells, sociólogo español y uno de los grandes analistas de la llamada “sociedad red”. Castells dedicó buena parte de su obra a estudiar cómo cambió el poder en un mundo estructurado por redes de información, comunicación y circulación global.

Su aportación sirve mucho para este tema porque ayuda a entender que, en las sociedades contemporáneas, el poder no depende solo de la fuerza material o militar. También depende de la capacidad de moldear percepciones, organizar flujos de información e imponer marcos de interpretación.

Dicho de manera sencilla: no basta con hacer algo; hay que lograr que ese algo sea comprendido públicamente como legítimo, necesario, defensivo o inevitable.

Eso es exactamente lo que vemos en los conflictos actuales. No solo importa qué ocurre en el terreno, sino quién consigue definir qué significa eso que ocurre. Si un bombardeo se presenta como defensa, si una agresión se nombra como respuesta, si una escalada se explica como necesidad, entonces el combate ya no es solo militar: es también comunicativo.

Por eso Castells sigue siendo tan pertinente, porque permite ver que la guerra contemporánea no se libra únicamente con armas, sino también con marcos narrativos en disputa.

Lo que tendríamos que aprender a mirar

En medio de esta saturación de relatos, la tarea no es elegir rápidamente la versión que más se parece a nuestras simpatías previas. La tarea es más difícil y más incómoda: detenernos a mirar desde dónde habla cada quien.

Eso implica preguntarse quién produce una imagen, quién difunde un video, quién selecciona un fragmento, quién convierte una escena en símbolo y quién intenta imponer una emoción dominante: miedo, indignación, simpatía, urgencia, odio, piedad o legitimidad.

En otras palabras, informarse hoy no consiste solo en consumir más contenidos. Consiste en aprender a interrogarlos.

No el fin del engaño, sino su transformación

Tal vez ésa sea la lección principal. No vivimos el fin de la manipulación, vivimos su transformación. Ya no se presenta siempre bajo la forma de una narrativa única, centralizada y relativamente estable. Ahora aparece también como una disputa permanente entre relatos que compiten por fijar qué debemos creer, a quién debemos temer y qué deberíamos considerar aceptable.

Eso abre posibilidades valiosas: más voces, más registros, más cuestionamientos a los discursos dominantes, pero también multiplica los riesgos: más ruido, más cansancio, más opiniones sin sustento y más dificultades para distinguir entre testimonio, evidencia, propaganda e interpretación interesada.

Por eso, para las personas normales, que indirectamente vivimos o viviremos las consecuencias de cualquier conflicto, la advertencia es clara: en tiempos de sobreabundancia discursiva, no basta con mirar, más bien hay que aprender a mirar críticamente. No basta con oír muchas voces. Hay que preguntarse siempre de dónde vienen. Ahí, quizá, empieza una forma más responsable de estar informados.

Miercoles 18 de Marzo del 2026 9:50 am