Conectados y enredados: Infodemia, oportunismo político y espectáculo mediático tras la muerte de “El Mencho”

Infodemia y muerte de "El Mencho", las redes sociales son un peligro dando voz a quienes en otro tiempo serían silenciados en el rincón de un bar
Conectados y enredados: Infodemia, oportunismo político y espectáculo mediático tras la muerte de “El Mencho”
Infodemia y muerte de "El Mencho", las redes sociales son un peligro dando voz a quienes en otro tiempo serían silenciados en el rincón de un bar

Infodemia, oportunismo político y espectáculo mediático tras la muerte de “El Mencho”

Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz

 Parafraseando a Umberto Eco, diré que las redes sociales son un peligro dando voz a quienes en otro tiempo serían silenciados en el rincón de un bar. No porque opinar sea ilegítimo, sino porque el ecosistema digital convirtió la ocurrencia en contenido, y el contenido en influencia. En cuestión de horas, el “yo creo” se disfraza de “yo sé”; la sospecha se vende como “análisis”; y la ira se premia como “carácter”.

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, reportada tras un operativo en Jalisco el 22 de febrero de 2026, y la violencia posterior, activaron la tormenta perfecta: miedo, incertidumbre, alta atención pública y consecuencias reales. Cuando se juntan esas condiciones, la gente no busca información: busca las respuestas a todas sus dudas y la calma ante todos sus temores, y en la prisa por “entender” se aferra a lo que mejor encaje con sus prejuicios, su enojo o sus lealtades.

Eso es una infodemia: no es que haya “mucha información”, sino una mezcla tóxica de datos verificables con rumores, propaganda, videos fuera de contexto e interpretaciones interesadas. Verificar se vuelve un acto lento en un entorno que recompensa lo inmediato, y  lo inmediato, casi siempre, es lo emocional. Por eso circulan “pruebas” visuales engañosas; por eso aparecen ubicaciones inventadas de bloqueos y enfrentamientos; por eso se reciclan narrativas que ya habían circulado antes, como si el país fuera una serie que se reescribe con los mismos guiones, sólo cambiando fecha y escenario.

Hasta aquí, lo esperable. Lo más delicado empieza cuando la infodemia se vuelve arma política, negocio de audiencia y coartada moral.

 La autoría “a conveniencia”: cuando el hecho importa menos que la narrativa

En redes se vio con claridad una operación retórica muy rentable: atribuir el hecho al actor político que convenga. En un extremo, hubo quienes adjudicaron el operativo a Estados Unidos o a Donald Trump, como si la complejidad institucional y operativa pudiera resumirse en un “él mandó y se hizo”. En el otro, hubo quien usó el mismo evento para denostar automáticamente a la presidenta, como si cualquier desenlace (éxito operativo o reacción violenta) fuera prueba suficiente para condenar de antemano.

Este vaivén es funcional a la desinformación porque reduce un problema complejo a consignas, y las consignas no exigen pruebas. La cooperación binacional, por ejemplo, suele ser más gris y menos heroica: puede haber intercambio de inteligencia, coordinación táctica y decisiones que no caben en el formato de una frase incendiaria. Lo matizado no se comparte tanto como lo tajante, pero es lo único que permite pensar sin caer en propaganda.

La política como espectáculo: el oportunismo de “mírenme”

En medio de un episodio grave, también apareció el reflejo de siempre: figuras públicas que convierten la coyuntura en escaparate personal. Aquí se inscriben intervenciones como la de Vicente Fox, que desliza que le piden “regresar” a la presidencia y disputa cifras o lecturas como si lo central fuera su lugar en la conversación y no la situación del país. Estas performances alimentan la infodemia porque desplazan el eje: la pregunta deja de ser “¿qué se sabe, qué no se sabe, qué sigue’” y se convierte en “¿quién capitaliza el momento’”, “¿quién humilla a quién’”, “¿quién tiene el contenido en X o en Facebook o donde sea más filoso?”.

 Indignación selectiva y oportunismo político

La muerte de 25 elementos de la Guardia Nacional obliga a un tono distinto: duelo, responsabilidad y cautela. El problema aparece cuando esa tragedia se convierte en pretexto para insultar, simplificar y repartir culpas con frases diseñadas para polarizar. En ese registro entran reacciones como las del actor y hoy influencer Eduardo Verástegui: formalmente invoca honor y condolencia, pero lo encuadra de inmediato como arma política, condenando sin matices, sugiriendo complicidades y convirtiendo el dolor en un dispositivo de movilización emocional.

Por otro lado, se disparó otra dinámica: comparar “capos detenidos/abatidos” entre sexenios como si se tratara de un marcador deportivo. La comparación puede ayudar a contextualizar, pero en redes suele usarse como arma, con listas parciales, omisiones y categorías mezcladas (detención, abatimiento, extradición, objetivos de distinto nivel). Sin criterios claros, la comparación se vuelve propaganda. Y aun con criterios, el punto es otro: el éxito o fracaso no se mide sólo por nombres, sino por capacidad institucional sostenida y reducción de violencia, no por el golpe espectacular del día.

El nuevo sacerdocio de la pantalla: los maratones de “expertos”

Otro combustible es el formato de maratón: mesas de análisis interminables en TV abierta y portales de medios donde, de pronto, todos tienen información y conocen pelos y señales de sucesores, parejas sentimentales, estructuras internas, y supuestos detalles finos. La escena tiene su lógica: el ciclo noticioso exige continuidad, y la continuidad se compra con especulación. Cuando no hay datos confirmados, se rellena con posibilidades, trascendidos y fuentes cercanas, y se vuelve costumbre que el comentarista se presente como especialista.

El problema no es analizar. El problema es la teatralidad de la omnisciencia. Si el acceso a esos datos fuera tan amplio y tan preciso, hay una pregunta inevitable: ¿por qué esa información no apareció antes, cuando podía contribuir a prevenir o debilitar estructuras criminales, y aparece justo cuando es rentable para la audiencia? Como mínimo, hay una tensión de credibilidad. Y además está el riesgo de la amplificación: lo que se dice como comentario termina circulando como dato; recortado, sacado de contexto y replicado en redes donde nadie verifica. En temas de delincuencia organizada, eso no es una frivolidad: es un acto comunicativo con consecuencias.

Internet como “último lugar de expresión libre”… y refugio de impunidad verbal

Hay una ilusión extendida: creer que internet es santuario de expresión y que, por lo mismo, todo vale. Pero la libertad de expresión no equivale a libertad de deformación ni a licencia para ofender, tergiversar y desinformar. La infodemia se alimenta de esa confusión: “puedo decirlo” se convierte en “es cierto”, y “me indigna” se transforma en “tengo derecho a humillarte”.

Un apunte mínimo sobre la agenda: de los therians al narco

Hace poquísimo tiempo, el tema que podía dominar la conversación era otro: los therians y la mezcla que representan entre performance digital, subjetividad y economía de la atención (indignación rápida, juicio moral, burla como espectáculo). Hoy, el reflector se lo llevó un acontecimiento de seguridad nacional. La lección no es qué tema es más importante, sino cómo la agenda pública cambia por impacto, no por comprensión, y cómo un evento así acapara el espacio no siempre para informar mejor, sino para habilitar más ruido, más ataque y más oportunismo.

Conciencia y responsabilidad: el usuario también es un actor informativo

Aquí conviene decir algo incómodo: la infodemia no la “producen” sólo los medios, los políticos o los opinadores profesionales. La sostenemos millones de usuarios con gestos mínimos y repetidos: reenviar, retuitear, compartir, comentar, reaccionar. La red convierte a cualquiera en eslabón de distribución, y por eso la responsabilidad ya no es un asunto exclusivo del periodismo o del gobierno; también es una ética cotidiana del usuario.

Ser cuidadosos con lo que se publica y, sobre todo, con lo que se replica, es una forma práctica de cuidado colectivo. Algunas reglas simples cambian la dirección del flujo: no compartir “última hora” si no hay fuente identificable; desconfiar de capturas de pantalla sin contexto; sospechar de videos sin fecha y lugar verificables; evitar el “me lo mandaron” como criterio; no convertir suposiciones en afirmaciones; distinguir entre dato, interpretación y deseo; y aceptar que a veces lo más honesto es decir “no sé” o “todavía no está confirmado”. También implica reconocer el incentivo emocional: si algo nos dispara miedo o furia, probablemente fue diseñado para eso; antes de compartir, conviene respirar y preguntar qué efecto tendrá.

Hay un criterio básico que vale oro: compartir no es un acto neutro. Compartir es intervenir. Es empujar una narrativa hacia más claridad o hacia más ruido. Y cuando el tema es violencia, seguridad y dolor real, esa intervención tiene peso moral. No se trata de censurarnos; se trata de no ser parte del mecanismo que convierte la tragedia en espectáculo y la incertidumbre en pánico. Para concluir, es importante pensar en la higiene informativa y responsabilidad política mínima como posibilidad de pensar juntos sin destruirnos, porque sin esa posibilidad, la infodemia no sólo acompaña la crisis: la agrava.

María del Socorro Castañeda Diaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México

Miercoles 25 de Febrero del 2026 10:59 am