Espacio de Opinión Conectados y enredados / Influencers en México: la normalización de la superficialidad
Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz
Hoy resulta difícil imaginar la vida cotidiana sin Internet. A nivel mundial, se estima que en 2025 alrededor de 6 000 millones de personas, aproximadamente tres cuartas partes de la población global, están conectadas a Internet, aunque todavía quedan más de 2 000 millones fuera de línea. En México, esta realidad es aún más evidente. Según el INEGI, el acceso a Internet forma parte central de la vida social: en 2024, más de 100 millones de personas mexicanas usaron Internet, lo que equivale a aproximadamente 83 % de la población de 6 años o más, y casi tres de cada cuatro hogares contaban con conexión. Gran parte de la población tiene acceso a redes sociales desde su teléfono móvil, lo que convierte a las plataformas digitales en un espacio central de convivencia, expresión y reconocimiento. Estar en línea ya no es solo una opción técnica, sino una forma de participar en la vida social.
En ese entorno emerge con fuerza la figura del influencer, presentada con frecuencia como símbolo de éxito, autonomía y ascenso social. Se trata de personas que logran reunir grandes audiencias y ejercer impacto sobre gustos, opiniones o comportamientos, aun cuando no siempre es claro qué conocimiento, trayectoria o aporte específico sustenta esa influencia. A diferencia de figuras públicas tradicionales como intelectuales, artistas o especialistas en alguna rama del conocimiento, el influencer no necesita una formación verificable ni una competencia definida: su principal capital es la atención que consigue retener.
Este fenómeno se explica por la lógica de la economía de la atención. En las redes, lo valioso no es necesariamente lo verdadero, lo profundo o lo socialmente relevante, sino aquello que logra generar clics, vistas y reacciones. La visibilidad se convierte en una moneda de cambio que puede transformarse rápidamente en ingresos económicos. Así, ser visto equivale a ser rentable. No sorprende, entonces, que muchas personas aspiren a producir contenidos que maximicen alcance, aunque el contenido en sí sea trivial, repetitivo o incluso problemático.
En México, esta dinámica se cruza con un contexto estructural marcado por la precariedad laboral, los bajos salarios y las escasas oportunidades de movilidad social. Para amplios sectores, especialmente jóvenes, las redes sociales aparecen como una vía rápida para “salir adelante” sin pasar por trayectorias educativas largas ni por mercados laborales saturados. La idea de que un video viral puede generar más ingresos que un empleo formal se ha normalizado. La promesa es clara: fama sin intermediarios, dinero sin títulos, reconocimiento sin esfuerzo prolongado.
Algunos casos emblemáticos ilustran esta paradoja. Figuras como Chumel Torres ocupan un lugar central en la conversación pública, influyendo en la percepción política de miles de personas, aun cuando su posicionamiento ideológico resulta ambiguo y su legitimidad como referente político no proviene de un análisis riguroso, sino del humor, la burla y la provocación. Otros perfiles, como Luisito Comunica, muestran cómo el relato personal y el entretenimiento pueden convertirse en una marca global con enorme capacidad de influencia cultural, aunque su impacto se base más en la exposición constante que en la reflexión crítica.
Por su parte, los contenidos de Kimberly Loaiza se centran principalmente en entretenimiento ligero y de consumo rápido: vlogs de su vida cotidiana, retos, videos con su familia y pareja, dinámicas virales y lanzamientos musicales. Su éxito se explica por la combinación de exposición personal y formatos populares en redes sociales. En términos de alcance, sus publicaciones tienen una audiencia masiva y constante: en YouTube, muchos de sus videos alcanzan entre varios millones y decenas de millones de reproducciones, mientras que en TikTok e Instagram sus contenidos suelen ser vistos por millones de usuarios, lo que la posiciona como una de las creadoras con mayor capacidad de convocatoria digital en México, independientemente del tipo o profundidad del contenido que difunde.
Otro ejemplo de la importante presencia de los influencers es “La Cotorrisa”, un podcast de comedia conducido por José Luis Slobotzky y Ricardo Pérez, dos creadores que construyeron su audiencia en el circuito del stand-up y las plataformas digitales. El programa se basa en conversaciones informales y anécdotas cotidianas que generan cercanía con el público. Su éxito ilustra cómo, en el ecosistema digital mexicano, la influencia puede consolidarse más por la capacidad de entretener y captar atención que por la elaboración de ideas o posturas críticas. Más que proponer contenidos reflexivos, La Cotorrisa normaliza un modelo de visibilidad donde el humor ligero se convierte en un producto altamente rentable y socialmente influyente.
Aquí aparece una pregunta de fondo: ¿por qué estas figuras logran tanta influencia? La respuesta no puede reducirse al carisma individual. Tiene que ver con una sociedad altamente conectada, pero con serias carencias en formación crítica. En un entorno donde leer, contrastar fuentes o analizar argumentos no forma parte de las prácticas cotidianas, la popularidad se confunde con autoridad y la visibilidad con mérito. Lo que se vuelve viral no es lo más inteligente ni lo más útil, sino lo más fácil de consumir.
Esto no significa negar que ser influencer implique trabajo. Mantener la visibilidad exige constancia, adaptación a tendencias, producción continua y gestión de audiencias. Sin embargo, ese esfuerzo técnico no equivale a un aporte social significativo. La lógica de las plataformas premia la repetición, la exageración y el impacto inmediato, no la complejidad ni la profundidad. Así, la influencia se vacía de contenido y se convierte en una forma de poder simbólico sin contrapesos.
El problema no es solo quiénes influyen, sino sobre quiénes influyen. En un país con profundas desigualdades educativas y pocas rutas reales de movilidad social, el influencer se convierte en un modelo aspiracional que desplaza otros referentes como el estudio, el conocimiento o la construcción colectiva. El mensaje implícito es claro: no hace falta pensar demasiado, basta con llamar la atención. La recompensa no está en comprender el mundo, sino en ser mirado dentro de él.
Hablar de influencers en México, entonces, no es hablar solo de redes sociales o entretenimiento digital. Es hablar de una sociedad que ha normalizado la superficialidad como forma de éxito, que celebra la fama sin preguntarse por su origen y que consume influencia sin exigir responsabilidad. Los influencers son un síntoma, no la causa: reflejan una cultura que privilegia la visibilidad sobre el pensamiento y la ganancia rápida sobre el sentido.
La pregunta final no es si los influencers deberían existir, sino qué dice de nosotros el hecho de que ocupen ese lugar central. Qué tipo de sociedad construimos cuando la autoridad se mide en seguidores y el éxito en vistas. Y, sobre todo, qué costo tiene para una democracia, una educación y una vida colectiva renunciar al pensamiento crítico a cambio de entretenimiento constante.
María del Socorro Castañeda Díaz: Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México
