Conectados y Enredados El fútbol que era de todos: redes, reventa y elitización del estadio

El fútbol que era de todos, fue narrado como el deporte popular por excelencia, ver un partido significaba entrar en una comunidad afectiva.
Conectados y Enredados El fútbol que era de todos: redes, reventa y elitización del estadio
El fútbol que era de todos, fue narrado como el deporte popular por excelencia, ver un partido significaba entrar en una comunidad afectiva.

Durante mucho tiempo, el fútbol que era de todos, fue narrado como el deporte popular por excelencia. No porque estuviera libre de negocio ni porque los estadios fueran espacios plenamente igualitarios, sino porque mantenía una relación directa con la vida cotidiana: el barrio, la familia, la camiseta heredada, la radio encendida, la ida al estadio, la discusión en la mesa, el grito colectivo. El fútbol era masivo porque permitía reconocerse con otros. Ver un partido no consistía únicamente en mirar veintidós jugadores detrás de una pelota: significaba entrar en una comunidad afectiva.

Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz

Hoy esa imagen convive con una transformación incómoda. El fútbol sigue siendo popular en la conversación, en la memoria y en la emoción colectiva, pero su experiencia presencial se ha vuelto cada vez más cara, mediada y excluyente. Para ciertos partidos ya no basta con ser aficionado, seguir al equipo o tener historia con una camiseta. Hace falta poder pagar, entrar a plataformas en el momento exacto, superar filas virtuales, entender fases de venta, acceder a tarjetas, conocer contactos o buscar boletos en la reventa.

El Mundial de 2026 permite ver con claridad esta contradicción. México volvió a abrir una Copa del Mundo en el Estadio Ciudad de México, con toda la carga histórica y simbólica que eso implica. La inauguración se presentó como fiesta nacional, celebración del fútbol y oportunidad para mostrar al país ante el mundo. Sin embargo, para muchos aficionados, esa fiesta sólo pudo vivirse desde la pantalla. El acontecimiento era de todos en el discurso, pero no necesariamente en el acceso.

Redes sociales: deseo, imagen y presión de consumo

Sería débil afirmar que las redes sociales causaron por sí solas la elitización del fútbol. Los precios altos responden a procesos más amplios: comercialización global del deporte, derechos de transmisión, patrocinadores, turismo deportivo, paquetes de hospitalidad, concentración de la demanda y estrategias de monetización de la escasez. Pero las redes sí aceleran y hacen visible ese proceso: antes, el deseo de ir a un partido circulaba en espacios más acotados: la familia, el trabajo, la taquilla, el bar o los alrededores del estadio. Hoy ese deseo aparece en historias de Instagram, videos de TikTok, publicaciones de Facebook, memes, capturas de pantalla y grupos de WhatsApp. Cada “¿alguien tiene boletos?”, cada imagen de una sección agotada, cada precio absurdo y cada video desde la grada alimentan la idea de que el evento es imperdible. La circulación digital no sólo muestra la demanda: también la produce.

Guy Debord ayuda a entender esta lógica. En la sociedad del espectáculo, la vida social se organiza alrededor de imágenes. En el fútbol contemporáneo, asistir al estadio ya no vale únicamente por lo que ocurre en la cancha. También vale por la imagen social que produce estar ahí. La foto desde la tribuna, el video del himno, la entrada al recinto, la camiseta, el festejo y la historia publicada en redes convierten la asistencia en prueba visible de participación. El espectáculo no empieza con el silbatazo inicial, sino cuando alguien publica que consiguió boleto.

Pierre Bourdieu permite mirar otra dimensión: el boleto funciona como capital simbólico. Entrar a un partido altamente demandado no sólo significa ver fútbol: es mostrar acceso, capacidad económica, cercanía al acontecimiento y pertenencia a ciertos circuitos de consumo. La afición se mezcla con la distinción. Ir al estadio, en determinados partidos, deja de ser sólo una práctica deportiva o familiar y se convierte en un signo de estatus.

Además, desde la perspectiva de la plataformización, trabajada por autores como José van Dijck, Thomas Poell y Martijn de Waal, el fútbol actual depende cada vez más de infraestructuras digitales que ordenan el acceso, la visibilidad y el consumo. Para llegar al estadio primero hay que pasar por pantallas, registros, códigos, filas virtuales, sistemas de pago, grupos y enlaces. La experiencia presencial empieza mucho antes de llegar a la grada.

Hospitalidad mexicana: fiesta genuina e imagen viral

Los videos de bienvenida a extranjeros muestran una apropiación popular del Mundial, pero también revelan cómo la hospitalidad se vuelve contenido compartible.

El Mundial en redes no se vive sólo como mercado, también se vive como fiesta, humor y apropiación popular. En estos días han circulado videos de aficionados mexicanos recibiendo a extranjeros, bailando con visitantes, compartiendo bebidas, enseñando canciones y mostrando una idea de México como país hospitalario, alegre y festivo. Esas escenas expresan algo genuino: la capacidad popular de convertir el fútbol en convivencia.

Pero también muestran cómo la hospitalidad se vuelve imagen compartible. El país anfitrión no sólo recibe: se graba recibiendo, se mira recibiendo y se celebra a sí mismo por su forma de recibir. El visitante extranjero bailando con mexicanos, el aficionado de otro país integrado a la fiesta, la bandera, el grito, el abrazo y la celebración callejera funcionan como pequeñas postales digitales de identidad nacional.

Aquí conviene hacer una lectura cuidadosa. Esos videos no deben descalificarse como falsos o fabricados. Muchas escenas expresan encuentros reales y formas populares de vivir el fútbol. Pero tampoco pueden leerse ingenuamente, porque en el ecosistema digital incluso la hospitalidad se vuelve imagen circulante. La fiesta mexicana se transforma en material viral, en prueba de identidad nacional y en recurso de promoción simbólica.

Merlín: la mascota que no necesitó permiso

El pato Merlín, vestido con la camiseta de la Selección Mexicana y convertido en sensación viral, permite entender esta tensión desde otro ángulo. Merlín no es la mascota oficial del Mundial ni de la selección; y precisamente por eso importa. La mascota oficial pertenece al lenguaje institucional: se diseña, se presenta, se explica y se promueve desde arriba. Merlín, en cambio, adquiere valor desde abajo. Su fuerza viene de la circulación social, del humor, de la ternura y de la decisión colectiva de adoptarlo como personaje mundialista.

Lo oficial busca representar; lo viral logra ser reconocido. En una Copa del Mundo saturada de marcas, patrocinios, boletos caros, protocolos y mercancía oficial, un pato con camiseta nacional aparece como una interrupción simpática del orden comercial. No necesita autorización para significar. Su valor no está en la planificación institucional, sino en el uso social que la gente hace de su imagen.

Michel de Certeau ayuda a leer este gesto. Frente a las estrategias de las instituciones, las personas despliegan tácticas cotidianas para apropiarse de los signos. Merlín funciona como una táctica simbólica: toma un elemento inesperado y lo convierte en emblema afectivo. El Mundial se vuelve propio por una vía que no pasa por la taquilla, la tienda oficial ni la narrativa corporativa.

Henry Jenkins permite completar la lectura. En la cultura participativa, los aficionados no sólo consumen: producen conversación, memes, videos, relatos y símbolos. El Mundial ocurre en la cancha, pero también en las pantallas donde la gente comenta, edita, parodia y resignifica lo que ve. Esa participación puede abrir formas genuinas de apropiación popular; al mismo tiempo, puede ser capturada por el mercado. Cada video viral aumenta el valor cultural del evento. Cada tendencia confirma que hay atención. Cada escena compartida vuelve más deseable participar.

La paradoja del fútbol contemporáneo

Las redes amplían la participación simbólica, pero no resuelven la exclusión material: todos pueden hablar del Mundial, no todos pueden entrar al estadio. Ahí está la paradoja. Las redes democratizan la conversación, pero no necesariamente el acceso. Muchas personas pueden comentar el Mundial, compartir videos, adoptar al pato Merlín como símbolo o celebrar la hospitalidad mexicana desde el teléfono, pero no necesariamente pueden entrar al estadio. La participación simbólica se amplía, mientras la participación presencial se encarece.

Por eso la discusión no puede reducirse a decir que “la gente paga porque quiere”. Una entrada al Mundial no es cualquier producto. Ahí se cruzan memoria, identidad, orgullo local, herencia familiar, lealtad deportiva y deseo de pertenecer. Justamente por eso el mercado puede capturar tanto valor. No vende sólo un asiento: vende una emoción socialmente reconocida.

Tal vez esa sea la paradoja más clara de nuestro tiempo futbolero: nunca había sido tan fácil ver, comentar y compartir fútbol; nunca había sido tan difícil, para muchos aficionados, entrar al estadio. El fútbol sigue siendo de todos en la memoria, en la conversación y en la pasión. Pero para estar ahí, en el lugar donde esa pasión se convierte en espectáculo, cada vez hay que pagar como si se tratara de un lujo.

La incomodidad final está ahí: quienes logran entrar al estadio no necesariamente son los aficionados más constantes, ni quienes han sostenido históricamente la pasión por un equipo o una selección. Y quienes viven el fútbol en redes no necesariamente lo entienden, lo siguen o lo quieren; a veces participan porque es tendencia, porque hay que posar para la cámara, comentar el meme o sumarse a la conversación del momento. Este Mundial, vivido como nunca antes en plataformas digitales, deja más interrogantes que certezas. Parece masificarse porque todos pueden verlo, compartirlo y comentarlo; pero se aleja de la masa cuando la experiencia presencial queda reservada para quienes pueden pagarla. El fútbol se vuelve conversación de todos, mientras el estadio se convierte en privilegio de pocos.

María del Socorros Castañeda Díaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México

Lunes 22 de Junio del 2026 4:04 pm