En Conectados y enredados el algoritmo de la juventud: Uno de los temas en tendencia en los últimos días tiene que ver con lo ocurrido en el episodio 38 del videopodcast DesCasadas, en el cual las participantes comparaban relaciones con hombres de distintas edades. Nadia de la Rosa afirmó que “los grandes ya huelen diferente”; Hilda Salvatori respondió “a baúl”; Grace Palomares habló de una piel “de viejito” y añadió que esos hombres “ya se están pudriendo”, mientras Nay Salvatori retomaba la burla entre risas. Más adelante, Palomares mencionó a un exnovio de 45 o 46 años y comentó sus arrugas. La conversación no comenzó hablando de ese hombre, pero el haber mencionado su edad revela el fondo del episodio: señalar claramente que hoy, la categoría de “viejito” se aplica también a una persona de mediana edad y no solamente a adultos mayores.
Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz
Nayeli Salvatori Bojalil es comunicóloga, exlocutora, creadora de contenido y diputada local de Morena por el distrito 18 de Puebla. Grace Palomares también es diputada local y ambas, junto con sus compañeras, no participaban en una charla privada, sino en un contenido preparado para circular en plataformas digitales.
La polémica creció con rapidez. Morena abrió un procedimiento interno contra ambas legisladoras; Nadia de la Rosa anunció su salida de DesCasadas y de una separación temporal del programa de Televisa Puebla en el cual participaba; Salvatori dio por terminado el podcast y comunicó que hará una pausa en redes sociales. Buena parte de la cobertura presentó el caso como una agresión contra las personas adultas mayores. Esa lectura tiene fundamento, pero desvía el núcleo del problema: una cultura que adelanta cada vez más la fecha de caducidad social. Un hombre de 45 años puede ser descrito como deteriorado y una mujer de 30 como alguien que empieza a perder belleza, fertilidad y “valor”.
Intimidad, algoritmos e indignación
Los podcasts funcionan como tecnologías de intimidad. Las voces acompañan a la audiencia durante actividades cotidianas y producen la sensación de conocer a quienes conducen el programa. DesCasadas explotaba esa cercanía mediante confesiones, bromas y opiniones aparentemente espontáneas. Pero no era una sobremesa entre amigas: había cámaras, micrófonos, edición, promoción y métricas de audiencia.
La promesa de hablar “sin filtros” puede hacer pasar la falta de reflexión por autenticidad, la crueldad por franqueza y el prejuicio por una “verdad incómoda”. Además, el videopodcast está diseñado para fragmentarse. Una conversación de una hora puede convertirse en decenas de clips para TikTok, Instagram, Facebook o YouTube. El podcast produce la materia prima; los sistemas de recomendación favorecen aquello que provoca sorpresa, enojo o rechazo.
El psicólogo social estadounidense William J. Brady ha estudiado la circulación de la indignación moral en redes. Sus investigaciones muestran que la aprobación recibida por un mensaje indignado aumenta la probabilidad de que ese comportamiento se repita. El circuito de DesCasadas resulta ilustrativo: la frase provocadora generó recortes; los recortes produjeron denuncias, defensas, disculpas y comunicados; cada reacción devolvió las expresiones originales a las pantallas. Incluso la indignación legítima se convirtió en contenido. Las plataformas pudieron beneficiarse tanto de la burla como de su condena.
La vejez empieza demasiado pronto
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias relacionados con la edad. El episodio muestra una modalidad particular: el adelantamiento simbólico de la vejez. Un hombre de 45 o 46 años todavía no pertenece a la población adulta mayor, pero ya puede describirse mediante el vocabulario del deterioro.
Esta presión ha afectado históricamente con mayor dureza a las mujeres. La ensayista estadounidense Susan Sontag llamó “doble estándar del envejecimiento” a una cultura que asocia la madurez masculina con experiencia y autoridad, mientras presenta la femenina como pérdida de belleza y deseabilidad.
Las comunidades misóginas de internet han radicalizado esa idea mediante the wall, “el muro”: la supuesta edad en que una mujer pierde su “valor en el mercado sexual”. En numerosos discursos digitales ese límite se coloca alrededor de los 30 años. El mensaje no es solo que una mujer muestre signos de edad, sino que empieza a dejar de contar: debería reducir sus expectativas, aceptar menos atención y competir con mujeres más jóvenes.
DesCasadas no cuestionó esa lógica; la invirtió y la dirigió contra los hombres. Cambió el objeto del desprecio, pero conservó la premisa de que las personas valen mientras sus cuerpos parecen jóvenes.
Salvatori defendió inicialmente el episodio diciendo que las mujeres han soportado durante años comentarios semejantes y que ellas comenzaron a “jugar con lo mismo” que los hombres. Es cierto que los discursos misóginos han descrito a las mujeres como “caducadas”, han ridiculizado sus cuerpos después del embarazo y han sugerido que, después de los 30 o 40 años, deben conformarse con cualquier atención masculina. Pero utilizar esa violencia como defensa agrava el problema. En lugar de cuestionar la idea de que las personas pierden valor con la edad, la acepta y exige que la humillación pueda ejercerse en ambas direcciones. La igualdad no consiste en reproducir contra los hombres la misma crueldad que las mujeres han padecido.
El cierre de DesCasadas y la pausa temporal de Nay Salvatori no equivalen a una aceptación completa de responsabilidad. La diputada dijo que necesitaba reflexionar, pero también sostuvo que sus palabras habían sido sacadas de contexto. El episodio tampoco resulta aislado dentro de su trayectoria digital: en distintas ocasiones ha utilizado la provocación como recurso de visibilidad. Esa estrategia adquiere una dimensión más delicada cuando quien la emplea combina el papel de creadora de contenido con el de representante política.
Juventud como mercancía
El culto a la juventud no es solo una preferencia estética; también es una estructura económica. Para vender productos y procedimientos contra el envejecimiento, primero hay que lograr que las arrugas y los cambios de la piel produzcan miedo o vergüenza.
La investigadora británica Rosalind Gill, especialista en género y medios, ha explicado que la cultura contemporánea presenta la vigilancia del cuerpo como elección personal y empoderamiento. El mandato ya no dice abiertamente “debes ser bella”, sino “trabaja en ti” o “sé tu mejor versión”. El cuerpo se convierte así en un proyecto que nunca termina.
Las redes visuales intensifican esa vigilancia. La apariencia se cuantifica mediante reacciones, seguidores y tiempo de visualización. La repetición de ciertos rostros impone estándares específicos: piel sin textura, ausencia de arrugas, labios voluminosos, pómulos definidos y cuerpos difíciles de alcanzar. La industria cosmética y de la cirugía estética ofrece productos para aproximarse a esos modelos.
La puesta en escena de DesCasadas participa de esa economía visual. No es posible determinar desde una pantalla qué procedimientos se realizó cada participante, pero sí observar una estética alineada con los cánones dominantes de las plataformas. La contradicción es cultural: quienes ridiculizan las señales del envejecimiento aparecen dentro de un sistema dedicado precisamente a disimularlas.
Forever Young?
Pero, además, esa obsesión por la juventud encierra una paradoja distinta. Durante siglos, la juventud estuvo asociada no solo con la belleza, sino también con la fertilidad, la reproducción y la continuidad de la comunidad. Hoy, en cambio, se la exalta principalmente como apariencia: piel tersa, energía, delgadez y disponibilidad sexual. Al mismo tiempo, disminuye la fecundidad y un número creciente de jóvenes posterga o descarta la maternidad y la paternidad. La sociedad parece interesada en conservar los signos externos de la juventud, pero no necesariamente en aquello que alguna vez representaron.
Esto no significa que las personas jóvenes tengan la obligación de reproducirse ni que la caída de la fecundidad deba interpretarse como un problema moral. En México, la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica de 2023 registró una tasa global de 1.60 hijas o hijos por mujer. Las razones son diversas: cambios en las aspiraciones personales, mayor autonomía de las mujeres, costos de crianza, precariedad laboral, dificultades de vivienda y distribución desigual de los cuidados. Lo significativo para este análisis es que la juventud ha dejado de valorarse como una etapa ligada a la formación de nuevas generaciones y se ha convertido, sobre todo, en una imagen que debe prolongarse.
La controversia de DesCasadas permite observar esa lógica en circulación. El podcast convirtió una conversación presentada como íntima en un producto; las redes extrajeron sus frases más provocadoras, y los algoritmos multiplicaron su alcance. Las participantes reprodujeron una cultura en la que el cuerpo comienza a perder valor en cuanto deja de parecer joven. En realidad, cumplir 30, 45, 50 o 70 años no es una derrota. El problema comienza cuando una sociedad deja de reconocer deseo, inteligencia, belleza y dignidad fuera de la juventud. No están perdidas las personas que envejecen, la decadencia está más bien en una cultura digital que ha convertido la edad en fecha de caducidad y motivo de desprecio y la juventud en un producto que promete vendernos la falacia de que es posible detener el tiempo.
Maria del Socorro Castañeda Díaz es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales. Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México
