Conectados y Enredados Del anuncio al algoritmo: buscar pareja en tiempos de apps

Buscar pareja en tiempos de apps. Con una hoja escrita a mano un hombre anunciaba que buscaba una mujer para compartir su vida
Conectados y Enredados Del anuncio al algoritmo: buscar pareja en tiempos de apps
Buscar pareja en tiempos de apps. Con una hoja escrita a mano un hombre anunciaba que buscaba una mujer para compartir su vida

En el cristal de un supermercado italiano apareció una hoja escrita a mano. Con letras grandes, rojas y desiguales, un hombre anunciaba que buscaba una mujer de entre 55 y 68 años para compartir su vida. Decía estar jubilado, tener casa propia y querer amarla “como a una verdadera esposa”. Dejaba su número de teléfono y remataba asegurando que se trataba de un anuncio serio. Esta semana en Conectados y Enredados: buscar pareja en tiempos de apps

Agencia MVT / María del Socorro Castañeda Díaz

La escena parece pertenecer a otra época. Durante décadas, buscar pareja a través de pequeños anuncios fue una práctica habitual: periódicos, revistas, tablones, comercios y espacios públicos servían para hacer visible la búsqueda. Hoy existen aplicaciones creadas precisamente para eso. Tinder, Bumble, Meetic y muchas otras permiten delimitar edad, ubicación e intereses y multiplican las posibilidades de contacto sin necesidad de colocar una hoja en la calle.

El hombre del supermercado eligió, sin embargo, papel, plumón y cinta adhesiva. La historia habría podido quedarse allí, limitada a quienes entraran o salieran de ese establecimiento. Pero alguien fotografió el anuncio. La imagen llegó a Facebook y una publicación de la página Decripto.org acumuló cientos de interacciones. Algunas personas desearon al desconocido que encontrara el amor; otras hablaron de la soledad en la vejez; hubo quienes se burlaron y quienes le advirtieron sobre posibles mujeres interesadas en aprovecharse de su situación económica. El cartel había cambiado de medio, de público y, en cierta medida, también de significado.

Un papel dentro del metamedio

En 1977, cuando las redes sociales digitales ni siquiera podían imaginarse en su forma actual, Alan Kay y Adele Goldberg formularon una idea particularmente útil para comprender lo sucedido: la computadora como metamedio. Ya entonces pensaban en un dispositivo capaz de incorporar las posibilidades de medios anteriores (texto, imagen, sonido, dibujo) y permitir además nuevas formas de manipularlos y combinarlos. Décadas después, Lev Manovich desarrollaría esta idea para explicar una característica central de la cultura digital: los medios incorporados al software conservan algunos de sus rasgos, pero adquieren otras posibilidades al combinarse entre sí.

El cartel italiano permite observar ese proceso en una situación cotidiana. Primero existe una hoja de papel adherida a un cristal. Luego aparece una fotografía digital de esa hoja. La fotografía se incorpora a una publicación acompañada por un texto. La plataforma permite reaccionar, comentar, responder a otros comentarios y volver a compartir la imagen. Cada una de esas operaciones agrega una nueva capa a un mensaje originalmente muy sencillo. El cartel del supermercado italiano sigue siendo visible, pero ahora forma parte de un entorno metamedial.

La historia de los medios suele imaginarse mediante reemplazos: el correo electrónico sustituyó a la carta, las plataformas digitales al periódico, las aplicaciones de citas a los antiguos anuncios para buscar pareja. En la práctica, las transformaciones son bastante menos ordenadas. Los medios anteriores sobreviven, reaparecen y se integran dentro de los nuevos.

Un papel pegado con cinta adhesiva puede circular hoy mucho más allá del lugar donde fue colocado porque alguien tiene un teléfono con cámara, una conexión a Internet y acceso a una plataforma de distribución.

La paradoja es evidente. Mientras existen aplicaciones dotadas de complejos sistemas de perfiles, filtros y recomendaciones para encontrar pareja, un hombre utiliza uno de los procedimientos técnicamente más elementales posibles. Sin embargo, la circulación digital le permite alcanzar a personas que jamás habrían pasado frente al supermercado.

En ese sentido, la fotografía funciona como una bisagra entre dos circuitos de comunicación. El cartel pertenece inicialmente al espacio urbano y su audiencia depende de la proximidad física. Hay que pasar frente al establecimiento para verlo. Cuando alguien lo fotografía, esa condición desaparece. Ya no hace falta estar allí en el supermercado, el anuncio se vuelve reproducible y transportable, y ocurre algo todavía más importante: deja de circular exclusivamente como anuncio.

Cuando buscar pareja se convierte en contenido

El hombre tenía un propósito perfectamente reconocible: conseguir que alguna mujer que cumpliera aproximadamente con las características señaladas leyera su mensaje y lo llamara, pero Facebook produjo otro público.

Entre los comentarios aparecen personas que difícilmente son destinatarias del anuncio. Algunas interpretan el gesto como expresión de soledad: “Pobrecito, quién sabe cuánta soledad hay detrás de este gesto”, comenta alguien. Otra persona desea que encuentre “no sólo una compañera, sino una verdadera amiga”. También aparecen advertencias sobre mujeres que podrían aprovecharse de él.

Otros comentarios desplazan todavía más la conversación. Un hombre desea que encuentre una mujer con “más valores y humildad” y “menos feminismo” que muchas mujeres actuales. Algunos usuarios se burlan de la forma en que fue ocultado el teléfono en la fotografía porque todavía resulta parcialmente legible. Otros discuten justamente esas burlas y defienden al desconocido. Una publicación destinada originalmente a encontrar compañera termina generando una conversación sobre soledad, envejecimiento, relaciones entre hombres y mujeres, feminismo, seguridad, dignidad e incluso sobre las maneras socialmente aceptables de buscar pareja. Y es aquí onde aparece otra característica fundamental de los entornos digitales: el público imaginado por quien emite un mensaje y el público que finalmente lo recibe pueden ser radicalmente distintos.

La investigadora danah boyd (así, con minúsculas) ha utilizado el concepto de públicos en red para explicar cómo los espacios digitales modifican las condiciones de visibilidad y circulación de lo que decimos y hacemos. Entre sus características se encuentran la persistencia, la posibilidad de reproducción y una audiencia cuyo tamaño y composición resultan difíciles de anticipar. Algo creado para determinada situación puede reaparecer ante personas y contextos diferentes.

Eso es exactamente lo que ocurre con el cartel. Su autor podía imaginar a una mujer leyendo la hoja frente al supermercado, pero difícilmente podía anticipar a desconocidos observando desde sus teléfonos la redacción del anuncio, opinando sobre su soledad, discutiendo sus posibilidades sentimentales o haciendo bromas sobre su número telefónico.

También cambia aquí algo que solemos pasar por alto cuando hablamos de privacidad. El número había sido colocado deliberadamente en un espacio público. Su autor quería que fuera visto. Pero la publicidad local y la publicidad en red poseen escalas diferentes. Exponer un teléfono ante las personas que pasan por determinado establecimiento no equivale, en términos prácticos, a hacerlo circular en una plataforma donde puede ser visto, comentado y compartido por personas alejadas de ese lugar. La digitalización modifica el alcance de algo que ya era público. La fotografía del anuncio produce así una segunda vida del anuncio sobre la cual su autor posee mucho menos control.

Del anuncio al algoritmo

Quizá por eso el caso resulta más interesante que la simple oposición entre las antiguas formas de buscar pareja y las aplicaciones contemporáneas. Las apps han convertido la búsqueda sentimental en una práctica organizada mediante perfiles, fotografías, geolocalización, preferencias y sistemas algorítmicos de recomendación. El usuario entra deliberadamente en un espacio destinado al encuentro y acepta, con mayor o menor conciencia, sus reglas de visibilidad. El hombre del supermercado siguió otro camino. No entró en una aplicación de citas, pero la cultura digital sí entró en su anuncio.

Alguien hizo la fotografía, otro medio la publicó y una plataforma la puso a circular. A partir de ese momento, el mensaje dejó de depender únicamente de las reglas del escaparate y comenzó a funcionar según las de las redes: comentarios, reacciones, algunas personas que compartieron, así como métricas y mecanismos algorítmicos de distribución.

La circulación digital introduce además una transformación decisiva. El valor comunicativo del cartel ya no reside únicamente en encontrar a la mujer buscada. Para quienes interactúan con la publicación, adquiere valor porque resulta tierno, extraño, gracioso, anacrónico, conmovedor o polémico. Una búsqueda interpersonal se convierte en objeto de conversación colectiva.

Ahí se encuentra quizá la escena más representativa de nuestra cultura mediática: un mensaje extremadamente analógico adquiere una nueva trayectoria gracias a un sistema digital capaz de incorporar prácticamente cualquier forma de expresión y ponerla en circulación bajo otras reglas. El papel, por tanto, no regresó para competir con Tinder. Tampoco permaneció al margen de la tecnología. Fue fotografiado, incorporado, comentado y redistribuido dentro de ella. El hombre buscaba una mujer poniendo un anuncio en el supermercado, pero alguien levantó un teléfono y aquel pequeño anuncio local comenzó a circular ante un público que él probablemente nunca había imaginado. Del supermercado a la pantalla y de la pantalla al algoritmo: a veces basta una fotografía para que un viejo medio empiece a vivir otra vida.

Jueves 27 de Agosto del 2026 2:44 pm