Agencia MVT / María del Socorro Castañeda Díaz
Hace pocos días, durante vuelo de regreso conocí a una mujer de 34 años, originaria de Tabasco, que volvía de Alemania tras intentar concretar una relación iniciada en una app de citas internacionales. El hombre tenía más de 60 años y había pagado el viaje. El encuentro no prosperó: no hubo entendimiento con el hijo del alemán ni condiciones reales para continuar. Para ella no era la primera vez, pues antes había viajado a Islas Caimán para conocer a un señor de 65 años. Tampoco funcionó.
Más allá de los datos, lo que me llamaba la atención era el tono con el que contaba la historia. Se mostraba claramente agobiada por su edad, como si el tiempo jugara en su contra. Pude observar que la mujer tenía poca experiencia fuera de su entorno cotidiano y una confianza casi absoluta en que “afuera”, es decir, en otro país y con un hombre mayor, las cosas podían ser distintas. En realidad , ella no parecía hablar desde la ambición ni desde el cálculo, sino desde la urgencia y la esperanza.
Las apps que fomentan relaciones a distancia forman parte de una oferta cada vez más visible en internet. No siempre son tan conocidas como las plataformas masivas, pero quienes llegan a ellas suelen hacerlo con una expectativa muy concreta: que el horizonte afectivo se amplíe al salir del entorno inmediato y que, en otros países, particularmente en los considerados “desarrollados”, haya más posibilidades de encontrar estabilidad, compromiso o seguridad. En ese imaginario, el extranjero aparece como una figura más confiable, más seria o menos reacia a formalizar una relación.
Este tipo de plataformas no funciona de manera aislada. Bumpy, InternationalCupid, Dating.com, OkCupid (que tiene opciones de búsqueda internacional) Badoo y una constelación de aplicaciones menos visibles están orientadas a “conocer extranjeros” o a ampliar deliberadamente el rango geográfico y etario de búsqueda. Todas comparten una misma promesa implícita: si el amor no aparece cerca, internet ofrece la posibilidad de encontrarlo en otro lugar.
Esa promesa, sin embargo, no solo amplía el mapa del encuentro; también reordena expectativas, normaliza grandes diferencias y convierte la desigualdad de edad, recursos o contexto, en parte aceptable del camino hacia una relación.

El caso que menciono revela una paradoja poco discutida. En el discurso contemporáneo se asume que las mujeres están emancipadas, son autónomas y han ampliado sus márgenes de decisión. Sin embargo, esa narrativa convive con contextos sociales muy diversos en los que persisten expectativas tradicionales sobre la vida en pareja. Para algunas mujeres, la realización personal sigue estando fuertemente asociada a tener una relación, incluso cuando otros ámbitos de su vida ya se rigen por lógicas de mayor independencia.
En ese cruce, la presión por estar en pareja no desaparece; al contrario, se intensifica cuando se combina con la ansiedad por la edad y con la promesa constante de que “todavía hay una oportunidad más”. Aunque Internet y las apps de citas no crean esa tensión, la hacen más visible y más persistente, al ofrecer siempre una nueva posibilidad para relacionarse y llenar el vacío que en casos extremos puede percibirse como un fracaso social.
Aunque el uso de aplicaciones de citas internacionales no implica necesariamente que sea siempre la mujer quien se traslade para conocer a su pareja, es frecuente que las experiencias narradas y las estrategias de búsqueda muestren diferencias de género en cómo se afronta esa movilidad. Estudios sobre comportamiento en citas por internet señalan que hombres y mujeres tienden a tener motivaciones, expectativas y patrones de interacción distintos en estas plataformas, lo que influye en cómo se utilizan y en qué tipo de encuentros se busca concretar. En muchos casos, especialmente cuando las oportunidades locales parecen limitadas, la búsqueda se expande hacia perfiles en otros países, y no es raro que la persona más joven (a menudo la mujer) considere viajar para conocer a alguien mayor del extranjero, buscando mayor estabilidad o compromiso a través de ese desplazamiento.
Hay además otras dificultades poco visibles en este tipo de apps. La comunicación mediada ya es compleja incluso entre personas que comparten idioma, y muchas veces los mensajes escritos e incluso orales se prestan a malentendidos, silencios y expectativas no dichas. Ni qué decir cuando la comunicación digital se realiza en lenguas distintas, pues la traducción automática solo resuelve lo literal, pero no interpreta matices, ironías ni formas culturales de expresar ya sea desacuerdo que afinidad. En el caso de los encuentros que las citadas apps permiten, es probable que se trate de relaciones que parecen sólidas mientras se sostienen en el intercambio escrito y se cargan de idealización, pero que sufran un brutal choque cuando aparecen la convivencia, la familia y la vida cotidiana.
A esto se suma una desigualdad clave: cuando él paga el viaje. Ese gesto, presentado como romántico, introduce una asimetría difícil de ignorar. Quien se desplaza llega a un entorno que no controla porque hay diferencias de idioma o incluso solo de reglas y patrones culturales y puede sentirse en deuda, presionada a adaptarse o bien obligada a “hacer que funcione”, incluso cuando las señales no son favorables.
Todo esto ocurre en una vida onlife, término propuesto y desarrollado por el investigador italiano Luciano Floridi y que se refiere a una experiencia en la que lo que pasa en la pantalla y lo que pasa fuera de ella están completamente entrelazados. La relación no es primero digital y luego presencial; se construye al mismo tiempo en mensajes, expectativas, viajes y encuentros. Por eso, los riesgos y las desigualdades no se quedan en la app: se trasladan al cuerpo, al tiempo y a la vida cotidiana.
Hablar de estas plataformas no es para ridiculizar ni juzgar a quienes las usan, sino para advertir sobre una nueva arista de la búsqueda de amor en línea. La globalización ha multiplicado los contactos, pero no ha hecho más simples las relaciones. Cuando una app promete resolver la soledad cruzando fronteras, conviene preguntarse qué se está poniendo en juego y por qué, todavía hoy, la pareja sigue apareciendo para muchas mujeres ya sea como una meta o como la última tabla de salvación.
En ese sentido, las apps de citas internacionales no solo amplían el abanico de contactos, sino que reordenan expectativas, urgencias y desigualdades en la vida afectiva. La promesa de que “en otro lugar puede funcionar” convive con presiones persistentes: la edad como límite, el mandato de estar en pareja, la idealización del extranjero y la normalización de relaciones asimétricas como un costo aceptable. En una vida onlife, donde lo que ocurre en la pantalla y fuera de ella forma un mismo continuo, estas dinámicas no se quedan en el intercambio de mensajes: se materializan en viajes, decisiones, dependencias y riesgos. Más que celebrar o condenar estas plataformas, vale la pena interrogarlas, porque en ellas se ensayan de manera cotidiana y casi invisible, nuevas formas de vulnerabilidad afectiva bajo la apariencia de libertad y elección global.
María del Socorro Castañeda Díaz – Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Profesora Investigadora. Universidad Autónoma del Estado de México.