Conectados y enredados: Amenazas visibles, adultos ausentes

En Conectados y enredados de esta semana: La vida sin pantallas dejó de ser experiencia cotidiana y se convirtió, más bien, en un recuerdo
Conectados y enredados: Amenazas visibles, adultos ausentes
En Conectados y enredados de esta semana: La vida sin pantallas dejó de ser experiencia cotidiana y se convirtió, más bien, en un recuerdo

Durante años se habló de la vida digital como si ocurriera en un plano aparte: un espacio secundario, casi ficticio, separado de lo que de veras importaba. Esa idea ya no alcanza para explicar el presente. Para una parte muy amplia del mundo, la vida sin pantallas dejó de ser experiencia cotidiana y se convirtió, más bien, en un recuerdo, en una referencia generacional o en una nostalgia.

Agencia MVT / Maria del Socorro Castañeda Díaz

Hoy no vivimos un poco dentro de la red y un poco fuera de ella. Vivimos en continuidad. Lo que sentimos, pensamos, tememos, deseamos o rechazamos circula también por pantallas, plataformas y dispositivos. La rabia, la humillación, la necesidad de reconocimiento y hasta la fantasía de venganza ya no se tramitan solamente en silencio o en privado: también se escriben, se exhiben, se graban, se transmiten.

Desde ahí conviene mirar dos hechos recientes que estremecieron por igual, aunque hayan ocurrido en contextos distintos.

Dos casos, una misma advertencia

En Michoacán, un adolescente de 15 años mató a dos profesoras en una escuela de Lázaro Cárdenas. Horas antes había difundido en redes un video en el que aparecía con el arma utilizada en el ataque.

Al día siguiente, en Italia, un estudiante de 13 años apuñaló a su profesora de francés y, de acuerdo con reportes periodísticos, había expresado antes en Telegram su intención de matarla; además, transmitió la agresión con el teléfono.

No se trata de igualar mecánicamente ambos casos. No pertenecen al mismo entorno social, no surgieron del mismo clima cultural ni obedecen a las mismas trayectorias personales. Forzar la comparación sería un error. Pero sí comparten algo decisivo: en ambos casos los agresores eran menores de edad, y en ambos la dimensión digital no fue solo un detalle, sino que formó parte del proceso.

Eso es lo que vuelve estos hechos especialmente inquietantes. La amenaza ya no apareció solo después, como eco, comentario o relato. Ya estaba ahí antes o durante: en forma de video, de mensaje, de manifiesto, de gesto para una audiencia.

Lo que los adultos no estamos leyendo

Tal vez una de las preguntas más incómodas no sea qué están haciendo los jóvenes con la tecnología, sino qué estamos dejando de entender los adultos sobre esa relación.

Durante mucho tiempo se asumió que bastaba con vigilar, prohibir o advertir. Pero el problema es más complejo. En muchos casos, los adultos no estamos a la par del grado de apropiación tecnológica de los jóvenes. Conocemos menos sus plataformas, llegamos tarde a sus códigos, entendemos de manera parcial sus formas de interacción y solemos subestimar la velocidad con que una emoción puede convertirse en publicación, amenaza o espectáculo.

No se trata de idealizar a los jóvenes como expertos absolutos ni de caricaturizar a los adultos como analfabetas digitales. Se trata de reconocer una brecha real, y esa brecha importa porque puede volver invisibles señales que, para otros jóvenes, probablemente ya resultan legibles.

Cuando un adolescente publica una amenaza, se graba con un arma o anuncia un daño en una plataforma, el entorno adulto a menudo duda: ¿está exagerando?, ¿quiere llamar la atención?, ¿es pose?, ¿es provocación?, ¿es un chiste de mal gusto? El problema es que a veces esa duda funciona como coartada para no intervenir. Y entonces lo que era una advertencia pública queda reducido a “otro drama adolescente”.

La falsa nostalgia de un mundo sin pantallas

A estas alturas, insistir en la añoranza de una vida limpia de tecnología aporta poco. No porque ese pasado haya sido mejor o peor, sino porque ya no describe el presente.

Para miles de millones de personas, internet y los dispositivos móviles forman parte ordinaria de la vida cotidiana. La escuela, la amistad, el deseo, el conflicto, la pertenencia, la discusión, el entretenimiento y la exposición pública pasan por ahí. Pensar que lo importante sigue ocurriendo fuera de las pantallas y que lo digital es apenas un accesorio es no entender el tiempo que estamos viviendo.

Por eso resulta útil, aunque no haga falta subrayarlo con pesadez teórica, la idea de una vida onlife: una experiencia en la que la separación rígida entre dentro y fuera de la red pierde sentido. Ya no estamos frente a dos mundos. Estamos ante un mismo espacio de experiencia, atravesado por mediaciones tecnológicas.

Y si eso es así, entonces una amenaza digital no puede seguir tratándose como algo menor, externo o desvinculado de la realidad. También es un hecho social. También produce efectos y puede anunciar una escalada.

Prótesis emocionales

Aquí aparece otra idea sugerente: la de la tecnología como prótesis emocional, no solo como herramienta externa que sirve para hacer cosas, sino como una extensión desde la cual sentimos, expresamos, amplificamos y organizamos afectos.

Vista así, la tecnología no es un simple canal por donde pasa algo que ya estaba completo antes de ser publicado. También modifica el modo en que una emoción se construye y se vive. La rabia puede intensificarse cuando encuentra audiencia, la humillación puede fijarse cuando se comparte, el resentimiento puede adquirir forma cuando se vuelve relato, imagen o amenaza y la fantasía de poder puede reforzarse cuando se escenifica para otros.

Esto importa porque permite salir de dos simplificaciones muy frecuentes: la primera, creer que las plataformas son neutrales y que lo digital solo refleja lo que ocurre fuera; la segunda, asegurar que las redes producen por sí mismas la violencia. Ninguna de las dos posturas alcanza.

Lo que vemos, más bien, es una relación compleja entre trayectorias personales, malestares subjetivos, culturas juveniles, diseños de plataforma y formas de apropiación tecnológica. Ahí es donde un video con armas, una amenaza escrita o una transmisión en vivo dejan de ser meros excesos del lenguaje digital y se convierten en posibles señales de alerta.

El diseño de las plataformas también importa

La reciente sentencia contra Meta e Instagram permite introducir otra reflexión, siempre que se haga sin forzar. No es que una resolución judicial demuestre que una plataforma fabrica agresores, sino que vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que ya no puede esquivarse: el diseño de estos entornos no es irrelevante.

La lógica de la visibilidad, la recompensa del impacto, la circulación instantánea y la búsqueda permanente de atención crean un ecosistema donde ciertas emociones no solo se expresan, sino que se dramatizan. En ese contexto, lo que un menor publica no puede verse solo como contenido: también es actuación, búsqueda de mirada, ensayo de identidad y, en los casos más graves, cómo los mencionados, puede ser la antesala del daño.

Relacionar esto con los dos hechos recientes exige precisión. No se trata de decir que Instagram, Telegram o cualquier otra plataforma expliquen por sí solas un crimen. Se trata de entender que hoy los menores se apropian de la tecnología en entornos diseñados para amplificar, acelerar y hacer visible casi todo, y esa condición modifica la manera en que el conflicto se expresa y escala.

La señal estaba ahí

Quizá lo más perturbador de ambos casos no sea únicamente la violencia consumada, sino el hecho de que hubo indicios visibles. La amenaza no permaneció encerrada en la mente de los agresores, sino que se dejó ver, tomó forma de publicación, de texto, de imagen o de transmisión.

Eso obliga a una revisión incómoda de nuestra mirada adulta. Porque tal vez parte del problema no sea la ausencia de señales, sino nuestra dificultad para reconocerlas como tales, o peor aún: nuestra costumbre de trivializarlas.

Hemos aprendido a convivir con tal cantidad de exceso verbal, pose agresiva, ironía cruel y espectacularización del conflicto en línea, que a veces ya no distinguimos cuando una puesta en escena deja de ser eso y empieza a convertirse en un anuncio.

Mirar de otro modo

El desafío no es demonizar a los jóvenes ni refugiarse en la nostalgia de un pasado sin pantallas. Tampoco se trata de juzgar desde una superioridad moral que, en realidad, muchas veces encubre incomprensión.

El desafío es aceptar que hoy buena parte del sufrimiento, la rabia, la humillación y la fantasía de venganza se tramitan también en línea y que, cuando esas emociones adoptan la forma de una amenaza pública, de un video con armas, de un manifiesto o de una transmisión en vivo, lo responsable no es mirar hacia otro lado ni burlarse de “otro drama adolescente”, sino reconocer que ahí puede haber una advertencia.

En ambos casos recientes, además, los agresores eran menores de edad y eso vuelve más urgente la reflexión porque no solo habla de lo que ellos están haciendo con la tecnología, sino de lo que los adultos no estamos alcanzando a leer a tiempo.

Educar para habitar internet

La tecnología, en manos juveniles, no es solo herramienta. Es lenguaje, escenario, extensión afectiva y forma de presencia y a veces es también antesala de la violencia. Quizá por eso lo más urgente no sea preguntarnos cómo apartar a los jóvenes de las pantallas, sino cómo aprender a leer mejor lo que hoy expresan, procesan y exponen en ellas. En una vida cada vez más onlife, la amenaza publicada no pertenece a un mundo aparte: forma parte de la realidad compartida. Pero esa comprensión no debe recaer únicamente en la vigilancia adulta. También supone asumir, desde la escuela y desde la casa, una tarea formativa más profunda: enseñar que internet no es solo un conjunto de herramientas, sino un entorno donde se construyen identidades, se tramitan emociones, se negocian pertenencias, se producen jerarquías, se amplifican conflictos y se aprenden formas de estar con otros. Educar para ese mundo no significa sembrar miedo moral ni repetir prohibiciones, sino acompañar a los jóvenes en la comprensión de que lo que ocurre en línea tiene densidad emocional, social y cultural. Y que, precisamente por eso, una señal publicada nunca debería ser leída como si no importara.

Jueves 02 de Abril del 2026 5:06 pm