El ojo del teléfono: cómo entramos voluntariamente al nuevo panóptico digital
Por Maria del Socorro Castañeda Díaz
Después de una muy larga ausencia, vuelvo al buen camino, agradeciendo sobre todo a mi amigo Mario Vázquez De la Torre por su paciencia y por la gran oportunidad de publicar en este importante espacio.
El tema que elegí para el retorno tiene que ver con la realidad cotidiana de millones de personas que decidimos entrar al mundo online a través de algo que ahora ya nos es tan familiar: hoy ya no hace falta una torre de vigilancia para sentirnos observados: basta un teléfono inteligente. Ahora cada vez que abrimos TikTok, deslizamos en Instagram, revisamos WhatsApp o publicamos una historia, entramos de manera voluntaria a un espacio donde muchas miradas pueden vernos, ignorarnos o volvernos virales en cuestión de segundos. La escena es tan cotidiana que ya no la pensamos, pero si la miramos desde lejos, revela una forma de vida que combina exposición permanente, deseo de reconocimiento y una vigilancia silenciosa que no viene de un solo lugar, sino de muchos.
A finales del siglo XVIII, el filósofo Jeremy Bentham imaginó el panóptico, una prisión circular donde un vigilante podía observar a todas las personas sin que ellas supieran cuándo estaban siendo miradas. El solo hecho de poder ser observadas bastaba para que cada una se comportara como si la vigilaran todo el tiempo. Años más tarde, el sociólogo francés Michel Foucault retomó esta idea para explicar cómo las sociedades modernas producen autocontrol: no hace falta un castigo externo cuando el individuo interioriza la posibilidad de estar bajo observación.
Lo sorprendente es que ese esquema sigue vivo, pero ya no en cárceles ni instituciones disciplinarias, sino en la vida digital que construimos con nuestras propias manos. El panóptico del siglo XXI no tiene muros ni torres: tiene pantallas. Y no se impone desde afuera: lo abrimos nosotros.
Cuando entramos a una red social, accedemos a un espacio donde todo se registra: los clics, los likes, los silencios, el tiempo que dura nuestra mirada sobre un video. Esa información es procesada por sistemas algorítmicos creados por corporaciones como Meta Google o ByteDance, cuyo objetivo no es neutral: buscan maximizar nuestra atención, mantenernos conectados y promover contenido que genere interacción. Lo que vemos y lo que no vemos depende de decisiones empresariales codificadas en líneas de programación. En este ecosistema, la visibilidad no es azar: es un recurso administrado.
Pero el control no viene solo de las plataformas. También proviene de quienes nos rodean: amigos, compañeros de escuela, familiares, conocidos e incluso desconocidos que pueden opinar, etiquetar, comentar o guardar silencio. La vigilancia dejó de ser vertical para volverse horizontal. No necesitamos un guardia en la torre; nos vigilamos entre todos.
Esto cambia nuestra forma de estar en el mundo. Publicar una foto ya no es solo compartir un momento, sino exponerlo a evaluación pública. Subir un video se convierte en una pequeña apuesta por obtener reconocimiento. Y no importa la edad: adolescentes y adultos participan por igual de esta lógica. La diferencia es que muchos jóvenes crecieron dentro de ella, mientras que los adultos llegaron después, con más dudas, pero con la misma impulsividad.
Hoy los jóvenes no necesitan entender cómo funciona un algoritmo para sentir sus efectos: notan, simplemente, que algunos contenidos se mueven y otros no, que ciertas publicaciones circulan entre sus conocidos mientras otras pasan inadvertidas. Esa variación aparentemente arbitraria genera dudas y frustración, no porque puedan nombrar una lógica técnica detrás, sino porque perciben que algo fuera de su control regula la visibilidad. Más que entender la arquitectura técnica de un algoritmo, lo que duele es la indiferencia. El temor ya no es ser vigilado, sino no ser visto. En este sentido, la lógica emocional del panóptico digital no se basa en el castigo, sino en la visibilidad: existo si aparezco en las pantallas de otros.
A esto se suma la transformación estética. En plataformas como TikTok o Instagram, ya no basta con “verse bien”: hay que actuar bien. La identidad se convierte en una serie de performances breves (gestos, transiciones, audios virales) que funcionan como versiones momentáneas del yo. La comparación dejó de ser fotográfica y pasó a ser audiovisual, amplificada por filtros que suavizan pieles, modifican rasgos o ajustan la iluminación al instante. Esto genera una presión diaria que afecta especialmente a las jóvenes, expuestas a estándares difíciles de distinguir entre realidad y efecto digital.
El problema es que solemos pensar que los jóvenes “le saben más a la tecnología”, y esto es parcialmente cierto, porque la usan con naturalidad, pero saber mover los dedos sobre una pantalla no significa comprender los riesgos, las lógicas comerciales o las huellas emocionales que deja la exposición constante. Igual de cierto es que los adultos tampoco están preparados: comparten información sin verificar, reproducen discursos agresivos y participan de las mismas dinámicas de comparación. La falta de alfabetización digital no pertenece a una generación: es colectiva.
Al mismo tiempo, vivimos saturados de información pero carentes de comunicación genuina. A veces pasamos más tiempo reaccionando a pantallas que conversando cara a cara. Y aunque esto no tiene por qué ser negativo en sí mismo, sí revela una transformación profunda en nuestras formas de vínculo. La pantalla nos une, pero también nos distancia.
Entonces, ¿qué hacemos frente a este panóptico digital que llevamos en la mano? No se trata de demonizar las redes ni de exigir desconexiones absolutas. Se trata de aprender a entender el entorno que habitamos. Preguntarnos quién diseña las plataformas, qué intereses guían sus decisiones, cómo nos afectan sus mecanismos y qué prácticas necesitamos para no navegar a ciegas.
La solución no pasa por prohibir, sino por comprender. Por hablar de poder, de datos, de emociones, de economía digital. Por abandonar la idea de que “ellos ya saben” o “yo ya me la sé”. Todos estamos aprendiendo. Y ese aprendizaje no debe darse en silencio ni en solitario.
Pensar la vida digital desde el panóptico no significa caer en paranoia, sino hacer visible lo que ya está ahí: vivimos en espacios donde somos observados y observadores, donde buscamos ser vistos, donde dejamos rastros que no siempre controlamos. Reconocerlo es el primer paso para usar la tecnología de manera más consciente, más humana y menos ingenua.
El panóptico de hoy no nos encierra, ya no estamos hablando de una cárcel; nosotros mismos lo abrimos voluntariamente con un gesto, lo llevamos en el bolsillo y entramos en él cada vez que buscamos atención, compañía o sentido en la pantalla.
