Con singular alegría

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Por: Gilda Montaño

Todos estamos locos

 

¿Quién no está loco en esta vida? Yo sí. Así que si alguien se atreve a señalar a su prójimo, en realidad no tiene idea de que el espejo que tiene enfrente, no lo está mirando. Todos tenemos algo que esconder, algo que no nos guste.

Hace rato me pasó algo increíble. Cuando salí del fraccionamiento, me llamó mucho la atención ver a un vagabundo en medio de la calle, hablando solo. Me llenó de tristeza y de rabia. Tristeza, porque a leguas se veía que estaba perturbado. En ese instante yo no sabía si de droga, alcohol o alguna otra substancia que se hubiese encontrado en el camino. Y rabia, porque como sociedad, no tenemos un albergue y patrullas que lleven a esta clase de personas a rehabilitarse. Ni alguna mamá que esté detrás de él, desesperada buscándolo, o cuidándolo. O a la mejor sí. Pero me llenó de tristeza.

Lo esquivé y vi por el retrovisor que nadie se acercara a querer atropellarlo. A metros, llegué a un mini restaurancito que está por el camino y que tiene a dos extraordinarios chefs haciendo maravillas con la comida y a un buen precio.

Comía, cuando re repente el vagabundo, todo sucio, despeinado, y lleno de hambre, entró a pedir un “algo”. Tal vez un “taco”, decía. Me levante y le pedí al Chef que le diera de comer. Que yo le pagaba. Todos los que estaban allí se me quedaron viendo con ojos de asombro, porque lo dije fuerte. Les pedí una disculpa y les comenté lo que había visto de ese hombre minutos antes. Nadie dijo nada. Así que lo tomé del brazo, lo instalé en una mesa, y yo misma le llevé su agua.

Lo vi de cerca. No estaba drogado. No olía a alcohol. No estaba enpastillado. Simplemente, estaba loco. De esas loqueras que no le hacen daño a nadie, que no transmiten violencia, ni daño. Comió, se paró y se fue a segur la vida.

Con cuánta sinrazón nos paramos a señalar al prójimo. Y de nosotros… ¿qué decimos?

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