Celebran trabajando albañiles su día

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Filiberto Ramos

 

TOLUCA, México, 3 de mayo de 2016.- Para Luis Millán Reyes, albañil desde los 15 años de edad, el festejo del día de la Santa Cruz se debe hacer «en la chamba», sólo dedicarle un rato a la misa y a la comitiva que se junta en la obra, pero no dejar la labor, pues es una forma de agradecer que tiene trabajo y sigue «vivito y coleando», expresa, ya que en su oficio a diario se burla al peligro.

Este martes se levantó temprano, como de costumbre, para salir a la obra, donde quedó de verse con su compadre Esteban y «El Cachetón», como le dicen a su media cuchara; acordaron que aunque no esté aún terminada la obra, se darían tiempo para colocar una pequeña cruz en el local que agarraron hace unas semanas de contrato para repellar y colocar la losa, ahí en San Cristóbal Huichochitlán.

Entre los tres se juntaron una pequeña cooperación para comprar una cruz de las que venden en la plaza, para antes de finalizar la jornada del día colgarla y cumplir así con la costumbre del Día de la Santa Cruz.

«Un albañil al terminar la obra siempre debe poner una cruz, siempre, sólo si no eres católico no lo haces, porque hay unos que son de otra religión y no la ponen, y también eso se respeta, pero la mayoría somos católicos y nos unimos a la fiesta cada año», externó el alarife.

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Según las creencias, relató Luis, cuando se trata de la construcción de puentes, la obra se debe llevar una alma para que sea más firme y se pueda terminar en poco tiempo; es decir, que alguien debe morir durante la obra, mientras que en el caso de edificación de edificios grandes, se dice que cuando hay accidentes y algún trabajador muere, sus espíritus quedan como vigilantes eternos del lugar.

A Luis no le ha tocado caer al hospital, pero recuerda que hace tres años cayó de un andamio de cuatro metros mientras laboraba en una obra en la Ciudad de México, algún ayudante despistado no reforzó las bases y todo se vino abajo, pero de alguna forma extraña y la suerte que llevan consigo los albañiles, a Luis no le pasó nada, ni un rasguño le quedó, aseguró orgulloso.

«Si me ha tocado caerme, pero de eso que vaya a dar al hospital, no nunca, por eso le tengo siempre bien agradecido a la santa crucecita que me protege, porque aquí (en el oficio de albañil) no tienes seguro de vida, ni gastos médicos y tienes que cuidar la vida», relató el albañil.

Aunque los únicos estudios que tiene son los seis años que cursó en la primaria, el alarife presume que sabe un poco de arquitectura como de ingeniería, pues a diario ponen en práctica esos conocimientos como todo buen maestro de la cuchara.

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Su oficio, que es de los más duros, requiere, dice, no solo de fuerza física sino de ir aprendiendo poco a poco para elevarse hasta maestro albañil y otros puestos, donde se gana un poco más, pero se debe empezar siempre como «chalán», quien se encargada de arrimar tabiques, hacer la mezcla y llevarla a su patrón, además de cortar alambre, clavar tarimas y una lista de otras chambas que no alcanza a hacer el maestro; para ese puesto asegura, se lleva como «raya» unos 800 a 900 pesos a la semana, pero bien trabajados.

Mientras que si se sube a media cuchara, que es el que se especializa un poco más en los tipos de aplanado, el sueldo sube a los mil a mil 500 pesos por semana, pero para eso hay que tener varios años en el oficio.

Ya entrado en la plática, se le pregunta: ¿Y para eso de los piropos y albures cómo andamos? el alarife sólo se ríe y le dice a su media cuchara que responda. ¿Necesitan la inspiración de una mujer para poder sacar su poeta que lleva dentro? Se vuelven a reír, insinuando que los han albureado; al final se anima don Luis y se luce diciendo: ¡Quien fuera cemento pa’ sujetar ese monumento!

«No soy muy dado a los piropos pero se hace la lucha, como que ya es costumbre pero a mí me gusta más jugar la baraja cuando estamos de descanso, aunque hay compadres que si le saben bien a eso de los piropos y albures», reconoce el maestro.

Así como su flotilla en su pequeña obra, otros miles en el mismo oficio, celebran su día y el de la Santa Cruz a su manera, acompañados de un pulque, cerveza fría, o más tarde de tequila que sirven con mole y un kilo de carnitas, una vez al año, como dice don Luis, solo por el gusto de dedicarse a eso de la construcción.

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